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El secreto de la canela

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Cuentan en el jirón donde vivía doña Marita Esquivel que su muerte tuvo, como todo chisme de barrio que se respete, un culpable equivocado. Cuando la buena señora falleció, todos —menos su yerno, un tipo calmado y reflexivo, de esos que uno cree incapaces hasta de matar una mosca— responsabilizaron a don Mariano Fuentes. Y es que en las últimas semanas don Mariano había descubierto, con la visita de un urólogo providencial, nuevos bríos que Dios sabrá si vinieron de la pastilla o de la vanidad de los setenta y tantos. Según los hijos, esa exigencia repentina estresó de tal manera a la doña que le provocó primero un coma, y después la muerte. Así se cuenta en los velorios: la lujuria mata, aunque sea a los ochenta. —Tú no intervienes en nada que tenga que ver con la muerte de mi madre —le espetó su señora al yerno. —Son cosas de tu familia, yo no tengo nada que ver —respondió él, levantando las manos al aire con esa neutralidad que lo había hecho sobrevivir tantos años de suegra. —¿Tú q...

Se nos apareció la Virgen

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Tradición limeña del siglo XXI Hay milagros que la Iglesia no canoniza porque le darían vergüenza, y hay negocios que el diablo mismo envidiaría porque los hizo un santo. Lo que voy a referir pertenece a ambas categorías, y si el lector no me cree, que consulte las actas del Distrito de Gestión de Calidad del Aire de la Bahía de San Francisco, donde consta, con sellos y firmas, el mayor milagro de ingeniería municipal que ha visto este siglo. I. El peso del progreso Corría el año del Señor de 2024 cuando la noble empresa Caltrain, que desde tiempos de Caltrans había servido con puntualidad relativa a los habitantes de la Península de San Francisco, consumó su gran transformación: reemplazó su venerable flota de locomotoras diésel y vagones de dos pisos por relucientes trenes eléctricos de fabricación suiza, veloces, silenciosos y tan limpios que uno podría, según afirmaron sus promotores, comer en el suelo de los andenes sin mayor riesgo para la salud. La flota retirada era, hay que de...

El mentalista

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  Hoy, en medio de la coyuntura peruana por la rotura de la tubería de gas natural —esa que ha dejado sin energía a industrias y transporte público— hice un alto en mis labores para ir a la tienda de la esquina. Encima del mostrador vi lo que parecía ser una máscara de soldar. Frente a ella, un señor tomaba tranquilamente su pirañita bien helada. Saludé a los presentes y pregunté: —Usted, ¿es soldador? —No —respondió, intrigado—. ¿Por qué? —Por la máscara de soldar. Señalé el objeto… y en ese preciso instante me di cuenta de que mi supuesta máscara era, en realidad, un celular apagado descansando sobre su sombrero de tela. Recordé entonces a Kahneman y sus famosos sesgos cognitivos. Les comenté que, como ando pensando en ese ducto del gas de Camisea que ahora tendrán que soldar a toda prisa, mi mente me había hecho una mala jugada al “pensar rápido”, como él llamaba al mecanismo práctico de nuestros prejuicios mentales. El desconocido —que tenía un marcado acento caribeño— me expli...

Mi abuela Fausta y el príncipe silencioso

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  Cuando tenía unos dieciséis años y todavía creía que la historia oficial empezaba en el colegio y terminaba en el examen final, mi tío abuelo José —hermano de mi abuela, oráculo doméstico y campeón mundial de sobremesa— me dijo con solemnidad sospechosa: —Sobrino, tú que eres curioso y veo que todo lo anotas… antes de que se enfríe, pregúntale a tu abuela, cómo fue la fiesta donde bailó toda la noche con el príncipe de Inglaterra. Yo conocía la imaginación genética de la familia y su vocación por fabricar leyendas con la misma facilidad con la que otros preparan café pasado. Aun así, asumí el riesgo de convertirme en material de burla y, armado con un jarrón de café —combustible obligatorio para interrogar a una piurana, específicamente cataquense—, lancé la pregunta. Mi abuela Fausta sonrió. No una sonrisa cualquiera: esa sonrisa de quien sabe algo que tú todavía no. Dio un sorbo, miró hacia un punto del techo donde seguramente guardaba los recuerdos y empezó: —En esa época viví...

Folklore entre mecánicas

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  Hoy mi viejo Nissan Sunny del 96 tuvo dos fallas. Cada vez que alguien critica sus fachas del siglo XX, respondo lo evidente: el auto es como su dueño, por fuera hasta las patas, pero todavía funciona. La primera parada fue donde el radiadorólogo —esta vez, radiadoróloga—, que me solucionó el problema mientras sonaban bandas ancashinas de Recuay, para mayor precisión geográfica. El cuerpo ya quería zapatear cuando el celular lanzó una alarma de sismo. No sé si fue por el inconsciente entusiasmo folklórico o porque el destino, siempre didáctico, me obligó a mirar el tablero y descubrir una falla eléctrica en el alternador. Lo cual era lógico: el radiador había decidido mojarlo todo, como si también quisiera bailar. La segunda visita fue al mejor electricista de Ventanilla, un taller con nombre teológicamente previsor: “Señor de los Auxilios”. Don Juancito trabajaba escuchando nada menos que a Sósimo Sacramento y sus parranditas. Tremendo personaje. Tremendas letras. Uno lo escucha...

El hombre del nunchaku invencible

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  Hice amistad en la academia Sigma con una guapa mujer cuyo nombre, por razones obvias de supervivencia retrospectiva, no mencionaré. Lo cierto es que ella fue la embajadora de la unión de dos barrios tradicionalmente distantes: nosotros, los de Salamanca; ellos, los de Santa Anita. Gracias a su encanto diplomático se armó una camaradería que incluyó encuentros futbolísticos, en los cuales los de Salamanca no ganamos ni un solo partido, pero perdimos con hidalguía. Cuando llegó Año Nuevo, un buen grupo de salamanquinos asistimos a la fiesta que nuestra amiga organizó en Santa Anita. Todo fue alegría, brindis y confraternidad. Sin embargo, al salir en busca de refuerzos cerveceros, algunos de nosotros pudimos ver al enamorado de la época de mi querida amiga recibiendo el año nuevo en plena sesión fumorosa, acompañado de hierbas de cannabis y un manifiesto espíritu de paz y amor. Ya de vuelta en la academia, retomando los estudios, tuve a bien —y para el enamorado, a mal— contarle a...

El policía psíquico

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  Hubo una época —confieso sin vergüenza, pero con cierta autocrítica retrospectiva— en la que me gustaba creer en cuestiones sobrenaturales. Espíritus, energías, dones ocultos. Todo eso me parecía plausible, sobre todo después de un par de cervezas. Así que, tras lo ocurrido, me entregué a las más misteriosas elucubraciones: ¿habría sido un espíritu? ¿Un policía con sensibilidad psíquica? Me nutría de historias de videntes que resolvían casos materialmente insolubles gracias a dotes extrasensoriales. Recuerdo incluso una serie llamada “ Sexto sentido” , que alimentaba mi credulidad con notable eficiencia. Lo cierto es que aquel día, con mis amigos de la universidad, teníamos razones de peso para celebrar. Y celebramos como se debe: en una de esas chinganas ubicadas estratégicamente frente a la facultad, en la avenida Venezuela. Tras varias horas de animada tertulia y alcohol de calidad… digamos funcional, llegó ese instante fatal en el que todos los bolsillos, como si estuvieran...

¿Un llanto de esperanza?

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  Hace ya algún tiempo, una familia muy querida se mudó después de muchos años y dejó su departamento vacío. El eco de sus voces se fue apagando con los días, hasta que una nueva familia llegó a ocupar aquel espacio. Todo marchaba bien, hasta que trajeron un pequeño perro. Desde entonces, algo cambió. No tuvieron mejor idea que dejarlo solo todo el día, con las ventanas cerradas. Imagino que le dejan agua y alimento, pero el silencio de la casa se llena de su llanto, un lamento que atraviesa las paredes y el corazón. Me detengo a escucharlo. Y me pregunto —con dolor, con impotencia—: ¿es ético condenar así a un ser vivo? Un ser tan noble, ¿por qué debe vivir privado de compañía, de afecto, de sol? ¿No somos, acaso, seres pensantes y sintientes, capaces de brindar una existencia digna a quienes dependen de nosotros? ¿Por qué esa indolencia, esa costumbre de reducir la vida ajena a una decoración del ego? Cuando se les hizo el comentario, respondieron: “Así será hasta que se acostumb...

Basura romántica

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Era 1960 en el barrio El Porvenir, en La Victoria. El colorao Pastor tenía un encargo urgente, de esos que se hacen con más nervio que vergüenza. Había escrito una carta para Sonia, su atractiva vecina. —Tarzán, hazme un favor —le dijo—, entrégale esta carta. Me da pena declararme directo. —No te preocupes —respondió Tarzán—. Siempre la veo a las siete de la noche, a la hora que pasa la basura. En esos tiempos, antes de los camiones compactadores, la “flota recolectora” eran viejas cisternas inservibles, recortadas en la parte superior para que cupieran uno o dos hombres… y, por supuesto, la basura. No había bolsas plásticas: los desperdicios se envolvían en papel periódico y, los más precavidos, reforzaban el paquete con soguilla o pabilo. El procedimiento era simple: un trabajador corría junto al camión, recibía el paquete y se lo pasaba a los receptores de la cisterna. Los vecinos más forzudos, en cambio, prescindían del corredor y lanzaban ellos mismos, a riesgo de dejar un ojo mor...

La risa dulce de Rita

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  Cada vez que escucho a Vallejo preguntar por su dulce Rita de junco y capulí, en su poema Idilio muerto, no puedo evitar sonreír: yo tuve la mía. Tenía ocho años cuando apareció en mi vida, bajando de una combi Volkswagen polvorienta, con un vestido de pollera multicolor que giraba con cada paso, trenzas amarradas con cintas que flameaban como banderas de fiesta y unos cachetes chaposos que parecían recién pintados. Su risa no pedía permiso: entraba de golpe, como un rayo de sol que se cuela por la ventana. Ese primer día me eligió como su chofer oficial en mi bicicleta… y como su cómplice para todo lo que el barrio de Santo Dominguito en Trujillo —y, a veces, lo que quedaba más allá— nos dejara explorar. Yo tenía mi bicicleta chacarera, roja, mediana, con un asiento trasero perfecto para un pasajero. No tardó en subirse. Apenas pedaleábamos, empezaba su juego favorito: mirar a la gente y “enchaparla” con algo que le recordara. —¡Mira, mira, mira! Tiene cara de… —y completaba con...

La mujer de fuego

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  Hoy vi a un niño ser auxiliado por su madre a causa de un rasguño tan leve que, si hubiera sido más superficial, habría pasado por una caricia del viento. Pero el rostro de horror del hermano mayor —quien lo miraba como si acabara de ver a Regan girar la cabeza en El Exorcista (Linda Blair incluida)— me hizo pensar que aquel pequeño accidente era, para ellos, una tragedia griega con elenco infantil. Fue entonces, en esa escena de drama con lágrimas y polvo mágico, que recordé a la mujer de fuego. Corría el año 1986, en el laboratorio de Química II de la gloriosa Facultad de Química e Ingeniería Química de San Marcos, donde todos los experimentos parecían diseñados para probar, además del conocimiento, nuestra voluntad de vivir. Estábamos trabajando con los clásicos mecheros de Bunsen, esos quemadores de gas de tubo metálico que emiten una llama tan obediente como peligrosa si se le falta el respeto. Y justo ese día, la llama se sintió tentada por la estética. Nuestra protagonista...

El marino de los rompecabezas

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Era la Lima de la hiperinflación, cuando el pan subía de precio entre desayuno y lonche, y la tecnología llegaba tímida como un rumor en la cola del pan. En esa época, mi gran amigo Vitucho —devoto del cómputo y visionario de los diskettes— ya venía guerreando con una Commodore 64, cuando aún el entorno Windows era solo un sueño húmedo de Bill Gates o Paul Allen… o ambos, en un garaje con aire acondicionado. Cuando empezaron a asomar las primeras máquinas compatibles con IBM y su glorioso DOS (todas letras blancas sobre fondo negro, como la conciencia de un político peruano), los diskettes comenzaron a ser desplazados por los discos compactos, que algunos pronunciaban “cidís” con solemnidad cuasi religiosa. Un día, Vitucho, escudriñando el periódico El Comercio como quien busca oro en el Rímac, encontró una oferta de cedés regrabables al por mayor. Sin pensarlo dos veces, me pidió que lo acompañara a recogerlos a un rincón algo misterioso de San Juan de Lurigancho. La aventura informát...

La felicidad de vivir en avenida Báltica

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  A finales de los setenta, cuando los pantalones acampanados se llevaban con seriedad y los zapatos Makarios eran símbolo de autoestima bajita pero firme, me regalaron un Monopolio nuevecito que dejé guardado como quien guarda una corbata en la infancia: con respeto, pero sin intención de usarla. También me obsequiaron un juego de fútbol mecánico —una especie de pinball futbolero de plástico— que tenía más épica que el Mundial del 78. Cada jugador tenía dos botones detrás de su arco, y una pelota que salía disparada con la furia de un meteorito chiquito. Lo jugábamos todas las noches con mi buen amigo Carlos “Calincho” Babá Fukuy, en la tienda de sus padres, usando una mesa que, además de comedor, era cancha, escritorio y, en algún momento, altar de la risa. El juego, noble pero mortal, sucumbió a tantas finales disputadas sin piedad. Cuando se rompió, Calincho me miró con esa tristeza de quien ve caer una república: —¿No tendrás otro juego? Y me acordé del Monopolio. Ahí empezó u...

El Leonardo Favio de Santo Dominguito

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Fui a mi primer concierto a los ocho años en 1975.  Vivíamos con mis padres y mi hermano en Santo Dominguito, una urbanización trujillana donde los veranos olían a polvo, aguardiente Cartavio y a radios mal sintonizadas. En esa época, el mundo llegaba en blanco y negro por canales enlatados, y uno debía conformarse con ver la magia entre rayas, fantasmas y zumbidos eléctricos. Pero un día, sin que lo esperáramos, la magia bajó del televisor y se subió a una mesa. A Santo Dominguito solían visitarnos unos primos de mi papá, los Castro. De todos ellos, había uno que parecía estar hecho de ritmo y palabras: Pelito, un tipo alto como poste de estadio, extrovertido, melódico —con él descubrí lo que era salsa—, y que había sido —nada menos— arquero juvenil del Alianza Lima (dato que, como buen hincha de la "U", menciono con la debida distancia afectiva, pero con respeto). Tenía una voz afinada y un carisma que convertía cualquier esquina en tertulia. Junto a sus cigarrillos Ducal, ...

El enigma del tubo atorado

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  A fines de los años 80, en una refinería de petróleo ubicada en Lima, ocurrió un problema monumental: un atoro en una de las líneas de transporte de crudo pesado. No se trataba de una simple tubería de patio trasero, sino de una maraña de cientos de metros de líneas ocultas bajo estructuras, pasarelas y recovecos industriales. La densidad del crudo hacía imposible su desplazamiento, y nadie podía ubicar la zona exacta del taponamiento. Sin escáneres, sin sensores distribuidos ni instrumentos digitales, la única certeza era el problema. Ante la impotencia colectiva, se tomó una decisión audaz: contratar a un especialista de una refinería de Texas, EE. UU. No faltó quien, con escepticismo práctico, se preguntara si en lugar de un ingeniero vendría un médium del petróleo. Cuando se confirmó su llegada, en la planta comenzaron las especulaciones. Se hablaba de sensores sónicos, microondas, radares industriales; ¿traería algún dispositivo secreto de la NASA adaptado al crudo? ¿Acaso...

La química que se rompe

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Cruzar la avenida Néstor Gambeta en Ventanilla no suele dejarme pensando en psicología. Pero esta vez fue distinto. Vi a un niño de unos tres o cuatro años corriendo hacia su padre. La escena fue instantáneamente luminosa: el pequeño se lanzó con esa alegría desbordante que no necesita permiso ni razones. Su madre, unos pasos adelante, lo observaba con una sonrisa que reconocí. Era la misma que yo sentí en Huacho, a los tres años, cuando corría hacia mi padre luego de una larga separación. Todo era ternura. Hasta que dejó de serlo. El padre, al sentir el abrazo del niño, respondió con dureza: "¡Suéltame, no me toques!" Lo dijo sin mirarlo, como quien aparta un objeto molesto. El niño insistió, como insisten los seres que aún no aprenden a reprimir su ternura. Pero el padre persistió también, en su gesto seco, en su incomodidad. Me dolió verlo. Lo seguí una cuadra más hasta que no pude. No por prisa, sino por tristeza. No juzgo a ese hombre, aunque me duela lo que vi. Intuyo q...

La química del reencuentro: cariño de alta pureza

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En la ciudad de Huacho, cuando tenía apenas tres años, descubrí una verdad que aún me acompaña: el afecto más puro no necesita palabras. Mi padre había sido enviado a trabajar fuera de Lima por un tiempo, y su ausencia marcaba mis días con un hueco que solo se llenaba en el momento del reencuentro. A veces era él quien regresaba; otras, éramos mi madre y yo quienes viajábamos para verlo. En ambos casos, mi reacción era la misma: una alegría desbordante, visceral, como un pequeño estallido en el pecho. Una fiesta del alma. Con los años, esa memoria emocional ha regresado a mí desde lugares inesperados: el salto de Pelusa, la perrita de mi enamorada de aquellos años universitarios; el ronroneo cómplice de Napoleón, mi gato de épocas intensas y existenciales; la mirada de Charly, mi pato de infancia, y la fidelidad silenciosa de su compañera Daysi. Hoy, en el presente compartido con Derridá —mi gata con nombre de filósofo y alma felina— sigo reconociendo ese mismo patrón. Lo curioso es qu...

Cómo engañar a los arqueólogos del futuro (y de paso a algunos cuantos votantes)

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  Año 4525. Una expedición de arqueólogos interplanetarios desciende en lo que alguna vez fue la región de Trujillo, en la costa de un planeta que los antiguos llamaban “Tierra”. Entre escombros de concreto y plásticos fosilizados, descubren una colosal cabeza de bronce con gesto adusto, ojos sin alma y una sonrisa petrificada que sugiere confianza… o estreñimiento. Tras años de estudio, los expertos de esa civilización concluyen que este busto representaba a un alto sacerdote del saber, probablemente un filósofo-rey, venerado por su sabiduría y su papel en la educación de las masas. Las inscripciones halladas en ruinas cercanas (en un dialecto del español deformado por slogans) hablan de "plata como cancha", que los académicos interpretan como una metáfora sobre la abundancia de conocimiento. Se teoriza incluso que esta figura era el dios tutelar del “Milagro”, una urbe sagrada cuyo nombre evocaría prodigios intelectuales. Lo que no logran descifrar —porque la ironía rara ve...

¿Evolución o cojudez? Reflexiones con mi gata como testigo

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Siempre creí que con los años uno se volvía más sabio, más racional, más escéptico. Hasta que, en una conversación reciente, un amigo me iluminó con una frase lapidaria: "Los años nos vuelven cojudos". No supe si reírme o sentirme ofendido, porque, claro, yo también había notado que la gente de mi generación parecía haber perdido el rumbo. Pero, ¿y si mi amigo tenía razón y yo era igual? De jóvenes, mis amigos y yo debatíamos con fervor sobre ciencia, filosofía, historia y política con una rigurosidad que nos hacía sentir los sucesores naturales de la Ilustración. Pero ahora, con los años, algo pasó. Nos reencontramos y, para mi sorpresa (o desgracia), muchos han derivado en fervorosos consumidores de teorías conspirativas, remedios mágicos para el COVID, negacionismo climático y una inquebrantable fe en que el gobierno, los reptilianos y Bill Gates se han confabulado para controlar nuestras mentes a través de las vacunas. Pero eso no es todo. Aquellos que accedieron a la edu...

Comprando el pan con Kahneman

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  Cada mañana, después de alimentar a la gata, salgo a comprar pan. Es casi una rutina mecánica, pero ese día algo rompió la monotonía. Al dar la vuelta a la esquina, me encontré con un río sucio y pestilente cruzando la calle. No era un charco cualquiera; el agua corría con ese inconfundible color de desastre urbano. Desagüe atorado, pensé. Un asco. Me detuve a evaluar la situación. ¿Cómo cruzar sin mojarme? Encontré el punto más estrecho y di un salto preciso. Lo logré. Llegué seco a la panadería. —Qué desastre lo del desagüe —comenté mientras me daban el pan. —¿Desagüe? No, es agua limpia —respondió la vendedora. Me quedé en silencio. No podía ser. Yo lo había olido. Salí de la tienda y seguí el cauce hasta su origen. Efectivamente, era una fuga de agua potable. Volví al mismo charco de hace minutos y lo olí otra vez. Ya no olía mal. Allí recordé a Daniel Kahneman y su libro «Pensar rápido, pensar despacio». Nuestro cerebro ama las respuestas rápidas: si algo parece sucio y hu...