Folklore entre mecánicas

 

Hoy mi viejo Nissan Sunny del 96 tuvo dos fallas. Cada vez que alguien critica sus fachas del siglo XX, respondo lo evidente: el auto es como su dueño, por fuera hasta las patas, pero todavía funciona.

La primera parada fue donde el radiadorólogo —esta vez, radiadoróloga—, que me solucionó el problema mientras sonaban bandas ancashinas de Recuay, para mayor precisión geográfica. El cuerpo ya quería zapatear cuando el celular lanzó una alarma de sismo. No sé si fue por el inconsciente entusiasmo folklórico o porque el destino, siempre didáctico, me obligó a mirar el tablero y descubrir una falla eléctrica en el alternador. Lo cual era lógico: el radiador había decidido mojarlo todo, como si también quisiera bailar.

La segunda visita fue al mejor electricista de Ventanilla, un taller con nombre teológicamente previsor: “Señor de los Auxilios”. Don Juancito trabajaba escuchando nada menos que a Sósimo Sacramento y sus parranditas. Tremendo personaje. Tremendas letras. Uno lo escucha y concluye, con cierto alivio, que sus propias penas son apenas molestias administrativas comparadas con las de don Sósimo.

Sósimo no canta desde el sentimiento: canta desde la intemperie. Abandono, orgullo herido, pobreza sin épica. Mientras uno se emociona, él sobrevive. Y en medio de esa descarga emocional, mi corazón —exaltado y poco prudente— le pidió al cerebro que recordara a Luzmila Salas. Otra historia popular, escondida, casi evaporada.

Lo de Luzmila no fue pena: fue colapso. Murió en pleno concierto, en la carpa del Coliseo Nacional de La Victoria, interpretando una composición de Zenobio Dagha, cayendo inerte al rematar “Sola, siempre sola”. No interpretaba huaynos: los ejecutaba, como si cada canción fuera un ajuste de cuentas. Sentimental, sí, pero definitivo.

Hoy todavía podemos escuchar a Sósimo en vivo. A Luzmila no. Ella quedó convertida en leyenda oral, que es la forma más eficiente —y más injusta— de la memoria popular. Ambos dominan ese arte extraño: consolar las penas ajenas mientras se despiden con estilo.

Yo, mientras tanto, pagué la reparación, arranqué el auto y agradecí que, a diferencia de algunos huaynos, el alternador sí decidió seguir funcionando.


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