Mi abuela Fausta y el príncipe silencioso
Cuando tenía unos dieciséis años y todavía creía que la historia oficial empezaba en el colegio y terminaba en el examen final, mi tío abuelo José —hermano de mi abuela, oráculo doméstico y campeón mundial de sobremesa— me dijo con solemnidad sospechosa: —Sobrino, tú que eres curioso y veo que todo lo anotas… antes de que se enfríe, pregúntale a tu abuela, cómo fue la fiesta donde bailó toda la noche con el príncipe de Inglaterra. Yo conocía la imaginación genética de la familia y su vocación por fabricar leyendas con la misma facilidad con la que otros preparan café pasado. Aun así, asumí el riesgo de convertirme en material de burla y, armado con un jarrón de café —combustible obligatorio para interrogar a una piurana, específicamente cataquense—, lancé la pregunta. Mi abuela Fausta sonrió. No una sonrisa cualquiera: esa sonrisa de quien sabe algo que tú todavía no. Dio un sorbo, miró hacia un punto del techo donde seguramente guardaba los recuerdos y empezó: —En esa época viví...