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Mi abuela Fausta y el príncipe silencioso

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  Cuando tenía unos dieciséis años y todavía creía que la historia oficial empezaba en el colegio y terminaba en el examen final, mi tío abuelo José —hermano de mi abuela, oráculo doméstico y campeón mundial de sobremesa— me dijo con solemnidad sospechosa: —Sobrino, tú que eres curioso y veo que todo lo anotas… antes de que se enfríe, pregúntale a tu abuela, cómo fue la fiesta donde bailó toda la noche con el príncipe de Inglaterra. Yo conocía la imaginación genética de la familia y su vocación por fabricar leyendas con la misma facilidad con la que otros preparan café pasado. Aun así, asumí el riesgo de convertirme en material de burla y, armado con un jarrón de café —combustible obligatorio para interrogar a una piurana, específicamente cataquense—, lancé la pregunta. Mi abuela Fausta sonrió. No una sonrisa cualquiera: esa sonrisa de quien sabe algo que tú todavía no. Dio un sorbo, miró hacia un punto del techo donde seguramente guardaba los recuerdos y empezó: —En esa época viví...

Folklore entre mecánicas

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  Hoy mi viejo Nissan Sunny del 96 tuvo dos fallas. Cada vez que alguien critica sus fachas del siglo XX, respondo lo evidente: el auto es como su dueño, por fuera hasta las patas, pero todavía funciona. La primera parada fue donde el radiadorólogo —esta vez, radiadoróloga—, que me solucionó el problema mientras sonaban bandas ancashinas de Recuay, para mayor precisión geográfica. El cuerpo ya quería zapatear cuando el celular lanzó una alarma de sismo. No sé si fue por el inconsciente entusiasmo folklórico o porque el destino, siempre didáctico, me obligó a mirar el tablero y descubrir una falla eléctrica en el alternador. Lo cual era lógico: el radiador había decidido mojarlo todo, como si también quisiera bailar. La segunda visita fue al mejor electricista de Ventanilla, un taller con nombre teológicamente previsor: “Señor de los Auxilios”. Don Juancito trabajaba escuchando nada menos que a Sósimo Sacramento y sus parranditas. Tremendo personaje. Tremendas letras. Uno lo escucha...

El hombre del nunchaku invencible

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  Hice amistad en la academia Sigma con una guapa mujer cuyo nombre, por razones obvias de supervivencia retrospectiva, no mencionaré. Lo cierto es que ella fue la embajadora de la unión de dos barrios tradicionalmente distantes: nosotros, los de Salamanca; ellos, los de Santa Anita. Gracias a su encanto diplomático se armó una camaradería que incluyó encuentros futbolísticos, en los cuales los de Salamanca no ganamos ni un solo partido, pero perdimos con hidalguía. Cuando llegó Año Nuevo, un buen grupo de salamanquinos asistimos a la fiesta que nuestra amiga organizó en Santa Anita. Todo fue alegría, brindis y confraternidad. Sin embargo, al salir en busca de refuerzos cerveceros, algunos de nosotros pudimos ver al enamorado de la época de mi querida amiga recibiendo el año nuevo en plena sesión fumorosa, acompañado de hierbas de cannabis y un manifiesto espíritu de paz y amor. Ya de vuelta en la academia, retomando los estudios, tuve a bien —y para el enamorado, a mal— contarle a...

El policía psíquico

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  Hubo una época —confieso sin vergüenza, pero con cierta autocrítica retrospectiva— en la que me gustaba creer en cuestiones sobrenaturales. Espíritus, energías, dones ocultos. Todo eso me parecía plausible, sobre todo después de un par de cervezas. Así que, tras lo ocurrido, me entregué a las más misteriosas elucubraciones: ¿habría sido un espíritu? ¿Un policía con sensibilidad psíquica? Me nutría de historias de videntes que resolvían casos materialmente insolubles gracias a dotes extrasensoriales. Recuerdo incluso una serie llamada “ Sexto sentido” , que alimentaba mi credulidad con notable eficiencia. Lo cierto es que aquel día, con mis amigos de la universidad, teníamos razones de peso para celebrar. Y celebramos como se debe: en una de esas chinganas ubicadas estratégicamente frente a la facultad, en la avenida Venezuela. Tras varias horas de animada tertulia y alcohol de calidad… digamos funcional, llegó ese instante fatal en el que todos los bolsillos, como si estuvieran...

¿Un llanto de esperanza?

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  Hace ya algún tiempo, una familia muy querida se mudó después de muchos años y dejó su departamento vacío. El eco de sus voces se fue apagando con los días, hasta que una nueva familia llegó a ocupar aquel espacio. Todo marchaba bien, hasta que trajeron un pequeño perro. Desde entonces, algo cambió. No tuvieron mejor idea que dejarlo solo todo el día, con las ventanas cerradas. Imagino que le dejan agua y alimento, pero el silencio de la casa se llena de su llanto, un lamento que atraviesa las paredes y el corazón. Me detengo a escucharlo. Y me pregunto —con dolor, con impotencia—: ¿es ético condenar así a un ser vivo? Un ser tan noble, ¿por qué debe vivir privado de compañía, de afecto, de sol? ¿No somos, acaso, seres pensantes y sintientes, capaces de brindar una existencia digna a quienes dependen de nosotros? ¿Por qué esa indolencia, esa costumbre de reducir la vida ajena a una decoración del ego? Cuando se les hizo el comentario, respondieron: “Así será hasta que se acostumb...

Basura romántica

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Era 1960 en el barrio El Porvenir, en La Victoria. El colorao Pastor tenía un encargo urgente, de esos que se hacen con más nervio que vergüenza. Había escrito una carta para Sonia, su atractiva vecina. —Tarzán, hazme un favor —le dijo—, entrégale esta carta. Me da pena declararme directo. —No te preocupes —respondió Tarzán—. Siempre la veo a las siete de la noche, a la hora que pasa la basura. En esos tiempos, antes de los camiones compactadores, la “flota recolectora” eran viejas cisternas inservibles, recortadas en la parte superior para que cupieran uno o dos hombres… y, por supuesto, la basura. No había bolsas plásticas: los desperdicios se envolvían en papel periódico y, los más precavidos, reforzaban el paquete con soguilla o pabilo. El procedimiento era simple: un trabajador corría junto al camión, recibía el paquete y se lo pasaba a los receptores de la cisterna. Los vecinos más forzudos, en cambio, prescindían del corredor y lanzaban ellos mismos, a riesgo de dejar un ojo mor...

La risa dulce de Rita

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  Cada vez que escucho a Vallejo preguntar por su dulce Rita de junco y capulí, en su poema Idilio muerto, no puedo evitar sonreír: yo tuve la mía. Tenía ocho años cuando apareció en mi vida, bajando de una combi Volkswagen polvorienta, con un vestido de pollera multicolor que giraba con cada paso, trenzas amarradas con cintas que flameaban como banderas de fiesta y unos cachetes chaposos que parecían recién pintados. Su risa no pedía permiso: entraba de golpe, como un rayo de sol que se cuela por la ventana. Ese primer día me eligió como su chofer oficial en mi bicicleta… y como su cómplice para todo lo que el barrio de Santo Dominguito en Trujillo —y, a veces, lo que quedaba más allá— nos dejara explorar. Yo tenía mi bicicleta chacarera, roja, mediana, con un asiento trasero perfecto para un pasajero. No tardó en subirse. Apenas pedaleábamos, empezaba su juego favorito: mirar a la gente y “enchaparla” con algo que le recordara. —¡Mira, mira, mira! Tiene cara de… —y completaba con...