El secreto de la canela

Cuentan en el jirón donde vivía doña Marita Esquivel que su muerte tuvo, como todo chisme de barrio que se respete, un culpable equivocado. Cuando la buena señora falleció, todos —menos su yerno, un tipo calmado y reflexivo, de esos que uno cree incapaces hasta de matar una mosca— responsabilizaron a don Mariano Fuentes.

Y es que en las últimas semanas don Mariano había descubierto, con la visita de un urólogo providencial, nuevos bríos que Dios sabrá si vinieron de la pastilla o de la vanidad de los setenta y tantos. Según los hijos, esa exigencia repentina estresó de tal manera a la doña que le provocó primero un coma, y después la muerte. Así se cuenta en los velorios: la lujuria mata, aunque sea a los ochenta.

—Tú no intervienes en nada que tenga que ver con la muerte de mi madre —le espetó su señora al yerno.

—Son cosas de tu familia, yo no tengo nada que ver —respondió él, levantando las manos al aire con esa neutralidad que lo había hecho sobrevivir tantos años de suegra.

—¿Tú qué crees? ¿Mi papá será el responsable? Tú que has servido en el ejército, ¿ameritará una autopsia?

—Pero qué exagerados, ¡la señora tenía casi ochenta años! Se ha muerto de vieja, nomás.

—¡No es natural la exigencia de mi padre, sinvergüenza es lo que es!

—Yo no soy nadie para juzgarlo.

—¿De qué hablaron esa noche? Mi mamita no podía dormir del acoso del condenado ese —y el yerno, en ese instante, palideció como quien ve pasar su propio entierro.

—De nada, del insomnio nomás. Tú sabes, de mis épocas del ejército, y ahora de vigilante municipal, uno se acostumbra a las amanecidas. A veces no puedo dormir en mis días de franco.

—La gente se muere por no dormir. Eso seguro le pasó a mi mamita.

—No creo. Más bien debe haber estado bien relajada de tanta faena. ¿Escuchaste cómo le daba tu papá? ¡Ni nosotros, con veinticinco años menos, llegamos a tanto!

—Mientras ustedes los hombres se quedan dormidazos, a nosotras se nos quita el sueño. ¡Eso mató a mi mamá!

—Más bien van a matar a tu papá de tanto que lo fastidian. Déjalo vivir su duelo, pues, que se quedó solo.

—¿Solo? ¡Ese viejo se desaparece y sabrá Dios qué hará por allí!

Cuando la familia decidió pedir al ministerio público que ordenara la necropsia, el yerno —que de calmado tenía la fachada, no el alma— se puso a repasar, para sus adentros, la última noche de vigilia de su suegra.

Él estaba de franco esa noche y el sueño no le llegaba. Sacó un plátano de seda, lo sirvió en un plato, se sentó en la mesa de diario y lo embadurnó de canela en polvo, abundante, generosa, como quien no mide porque la receta nunca falla. Era su remedio de toda la vida contra el insomnio.

Cuando doña Marita apareció por la cocina con los ojos hinchados y algo rojos, se sentó a acompañarlo.

—¿Comiendo tan tarde? —rompió el silencio la señora.

—Es mi remedio natural contra el insomnio —respondió él.

Y ahí, al descubrir que su suegra también sufría de desvelo, el yerno tuvo esa proactividad tan alabada en todos los trabajos por los que había pasado: le preparó el mismo postre, con la misma generosidad de canela que le daba ese gusto tan particular.

La señora bostezó, le agradeció, dijo que se sentía tan bien que estaba muerta de sueño. Frase que, como tantas en este país, resultó ser más profética que exagerada.

Qué iba a pensar él que doña Marita no despertaría más. "Se me pasó la mano", se dijo, convencido, sin que nadie se lo preguntara, de que su canela —y no los años, ni el corazón cansado de la señora— había sido la causa. Así funciona la culpa: encuentra siempre una explicación más sencilla que la verdad, y esa noche el yerno se condenó solo, con la misma calma con que horas antes había levantado las manos al aire.

Porque así son estas historias de familia: mientras todos buscaban al culpable en la cama del abuelo, el único que se declaraba culpable en silencio era el yerno tranquilo. Aunque, para ser honestos, doña Marita bien pudo habérsele ido por la presión, por el corazón, o simplemente por los años, como se van casi todas las doñas de ochenta al final de una noche larga. Pero eso ni el ministerio público con su necropsia lo iba a esclarecer del todo; y el yerno, cargando su cariñosa canela como una daga, prefirió no preguntarlo.



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