El mentalista

 

Hoy, en medio de la coyuntura peruana por la rotura de la tubería de gas natural —esa que ha dejado sin energía a industrias y transporte público— hice un alto en mis labores para ir a la tienda de la esquina.

Encima del mostrador vi lo que parecía ser una máscara de soldar. Frente a ella, un señor tomaba tranquilamente su pirañita bien helada.

Saludé a los presentes y pregunté:

—Usted, ¿es soldador?

—No —respondió, intrigado—. ¿Por qué?

—Por la máscara de soldar.

Señalé el objeto… y en ese preciso instante me di cuenta de que mi supuesta máscara era, en realidad, un celular apagado descansando sobre su sombrero de tela.

Recordé entonces a Kahneman y sus famosos sesgos cognitivos. Les comenté que, como ando pensando en ese ducto del gas de Camisea que ahora tendrán que soldar a toda prisa, mi mente me había hecho una mala jugada al “pensar rápido”, como él llamaba al mecanismo práctico de nuestros prejuicios mentales.

El desconocido —que tenía un marcado acento caribeño— me explicó que, en cierto modo, estaba familiarizado con esas trampas de la mente porque era un asiduo espectador de la serie Juegos Mentales.

Aquello me hizo recordar una vieja anécdota de cuando trabajaba en una planta industrial.

En uno de esos episodios enseñaban, en apariencia, a leer la mente. En realidad era un truco: había que inducir subliminalmente, durante conversaciones previas, una carta de la baraja. Luego uno se presentaba como lector mental y revelaba la carta con gran solemnidad.

Toda una tarde me dediqué, entre bromas, comentarios y señas casi imperceptibles, a inducir el trece de espadas.

Poco antes de la cena llamé a dos operarios a la oficina del supervisor —cargo que entonces tenía— y les pedí si podían ayudarme a practicar un experimento de lectura mental.

Intrigados, aceptaron.

—Piensen en una carta de la baraja —les dije—. Pero no dejen de pensarla durante un minuto mientras yo me concentro.

Cerré los ojos con expresión grave. Pasó el minuto.

—¡Qué curioso! —dije finalmente, abriendo los ojos ante sus miradas incrédulas—. ¡Han pensado en la misma carta!

—¡No puede ser! ¿Cuál? —preguntó uno.

El otro sonreía con incredulidad.

—Los dos han pensado… en el trece de espadas.

Se quedaron boquiabiertos.

—¡Chucha! ¡Sí, Jorge! ¡Esa es la carta! —dijo uno, sorprendido.

—Cierto… ¡increíble! —respondió el otro, que ya no sonreía.

Ellos bajaron primero a cenar. Yo lo hice unos minutos después.

Cuando subía por las escaleras, los escuché contando la experiencia al resto del turno.

Durante algunos días —hasta que la rutina industrial se encargó de borrar el milagro— tuve la clara impresión de que mis compañeros cuidaban un poco más lo que pensaban cuando yo me acercaba.

Por si acaso.


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