Mi abuela Fausta y el príncipe silencioso

 


Cuando tenía unos dieciséis años y todavía creía que la historia oficial empezaba en el colegio y terminaba en el examen final, mi tío abuelo José —hermano de mi abuela, oráculo doméstico y campeón mundial de sobremesa— me dijo con solemnidad sospechosa:
—Sobrino, tú que eres curioso y veo que todo lo anotas… antes de que se enfríe, pregúntale a tu abuela, cómo fue la fiesta donde bailó toda la noche con el príncipe de Inglaterra.
Yo conocía la imaginación genética de la familia y su vocación por fabricar leyendas con la misma facilidad con la que otros preparan café pasado. Aun así, asumí el riesgo de convertirme en material de burla y, armado con un jarrón de café —combustible obligatorio para interrogar a una piurana—, lancé la pregunta.
Mi abuela Fausta sonrió. No una sonrisa cualquiera: esa sonrisa de quien sabe algo que tú todavía no. Dio un sorbo, miró hacia un punto del techo donde seguramente guardaba los recuerdos y empezó:
—En esa época vivíamos en Talara. En el club hacían bailes hermosos, con orquestas de esas que parecían sacadas de película, tipo Glenn Miller, todo elegante, todo con brillo.
—¿Y el príncipe? —apuré, no fuera que el café se enfriara y con él la memoria.
—En eso llega un señor de uniforme, bien plantado, y me dice en un español medio torcido si quería bailar con el príncipe.
—¿Y usted aceptó así nomás?
—Me gustaba bailar —respondió con dignidad—. Además, no todos los días te invita un príncipe.
El príncipe apareció. Según ella, tenía modales finísimos. Como él no hablaba español y ella no hablaba inglés, conversaban a punta de gestos. Una diplomacia corporal impecable.
—Mi abuelo no tenía esa finura —me atreví a comentar, con la imprudencia propia de la adolescencia.
—Tu abuelo y sus amigos no iban a esos clubes —replicó—. Ellos eran más de chicha en chingana y discusión filosófica en picantería. Pero esa es otra historia… y muy posterior.
—O sea que bailaron una canción…
Mi abuela me miró con una mezcla de compasión y superioridad histórica.
—¿Una canción? ¡Bailamos toda la noche! Hasta que uno de tus tíos vino a recogerme.
Y así quedó la cosa: mi abuela, reina de Talara por una noche, y un príncipe silencioso girando bajo los focos petroleros del norte.
Yo había archivado esta historia en la carpeta mental de “fantasías familiares”, hasta que años después, leyendo Perú Bizarro de Marco Sifuentes, en el capítulo “A hard day’s night en Lima”, me topé con la visita de los príncipes de Gales Edward y George, quienes efectivamente pasaron por Talara tras desembarcar del Oropesa en Paita.
El dato me dejó frío y feliz al mismo tiempo.
Indagando un poco más, descubrí que Edward hablaba español con soltura. En cambio, George —quien más tarde sería el padre de Isabel II— tenía un problema serio de tartamudez, el mismo que años después sería retratado en la película “El discurso del rey”.
Y entonces todo encajó.
Mi abuela no había bailado con el príncipe locuaz. Había bailado con el príncipe callado. El que hablaba poco, pero guiaba con elegancia. El que conversaba con gestos y reverencias. El que parecía más interesado en el ritmo que en la retórica.
Gracias a los libros —esas máquinas del tiempo que no cobran pasaje— pude confirmar que la memoria de mi abuela no era fantasía tropical, sino crónica social no registrada por la BBC.
Hoy que ella ya no está, esa historia pesa distinto. Ya no es solo la anécdota pintoresca de una piurana que bailó con la realeza. Es la certeza de que la vida de nuestros mayores guarda capítulos que el mundo ignora, pero que para uno lo explican todo.
Porque mientras el príncipe —más cómodo en el gesto que en la palabra— regresó a su isla y a su destino histórico, mi abuela volvió a su casa, a su familia y a su vida sencilla. Y, sin embargo, en aquella noche de Talara compartieron exactamente lo mismo: una canción que terminó hace décadas, pero que todavía suena.

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