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Tres historias felinas

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Napoleón III Corría el año 1986 y por costumbre los muchachos de la cuadra solíamos conversar en la reja fuera de casa en la urb. Salamanca en Ate, en medio de la tertulia apareció un gatito extremadamente flaco,  de color blanco, empezó a maullarnos y entre los amigos estaba Nano, un estudiante de medicina veterinaria, al verlo diagnosticó: –Pobrecito, está en un grado extremo de desnutrición, un mes más y se muere. –Un momentito ¿y si le doy de comer? –Igual, mira cómo se le ven las vértebras, así le des de comer, es irreversible. Entonces entré a casa y le comenté a mi papá la situación, proponiéndole que ya que le queda un mes ¿por qué no hacer que ese mes coma bien? Yo no estaba en condiciones económicas como para poder financiar el proyecto, pero mi papá sí. –Está bien, pero tenlo solo en el patio de afuera. Le dimos leche (en aquella época no se sabía que el 80% de gatos son intolerantes a la lactosa, tampoco el pobre gatito estaba para exquisiteces), le pusimos a solicitud ...

El cantante incomprendido

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  Era diciembre del año 1991, mi papá –quien trabajaba en Entel Perú– sabiendo de mis gustos por las peñas criollas y mi escasez económica, me obsequió para que vaya con mi pareja unas tarjetas para una fiesta criolla que incluía comida y bebida en el local de la comunidad de trabajadores. El local quedaba en el parque Butters en Barranco y la fecha era poco antes de navidad. El grupo musical estaba dirigido por el guitarrista Julián Jiménez más conocido como "Manos de oro" el saber esto con mi pareja de aquella época nos alegramos pues conocíamos las virtudes de este guitarrista porque lo habíamos disfrutado en el aniversario del distrito de San Borja acompañando a la grata revelación del momento, el cantante Jorge Luis Jasso. El cierre del evento prometía porque era la despedida de un cantante —a quién todavía no habíamos escuchado —llamado Juan Cordero quien había obtenido nada menos que un jugoso contrato en Francia y cantaría diciéndole adiós a la patria que tuvo a bien ...

Conchatel, su cooperativa de confianza

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  Llegó como todos los meses a la ventanilla de su cooperativa de ahorro y crédito de confianza, hoy denominada por el cariño de sus ahorristas Conchatel.  —Buenas tardes, vengo a recoger los intereses de mi plazo fijo por favor. —Lamentablemente, por orden de la directiva usted está impedido de cobrar sus intereses. —¿Y por qué estoy impedido? —Porque en la magna asamblea de socios se ha tomado la decisión que todo aquel ahorrista que tiene plazo fijo tendrá que hacer un aporte obligatorio equivalente al 10% del monto ahorrado. —¿Perdón? ¿Cómo dice? Déjeme entenderle, pongo mi dinero aquí, ¿y ahora, yo tengo que pagar? —Así es, le hemos enviado una carta notarial para que se dé por enterado. Al parecer todavía no le ha llegado. La buena noticia es que estamos dando facilidades para que lo pague en 10 cuotas mensuales —el tipo vio las cuentas, calculó rápidamente y le dio el monto mensual que tenía que pagar.  —Un momentito, según el cálculo la cuota mensual es mayor a la...

La candidata

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  Cuando después de las elecciones veo que los candidatos derrotados empiezan a esgrimir quejas de fraude, recuerdo a una vecina candidata al congreso que me pedía con insistencia mi voto. Para ahorrarle energía le seguía la corriente y le dije una frase clásica “que no se preocupe por mí”, indudablemente no iba a votar por alguien cuya única propuesta proselitista era el ser mi vecina. Después de las elecciones del 2000 donde los observadores y auditores internacionales se retiraron –igual como en los casos más actuales como Nicaragua y Venezuela-, manifestando que no había garantía alguna en el proceso. Después de aquel funesto 2000 las elecciones en el Perú se han dado con una transparencia nunca vista a lo largo de su historia. Para mí es una maravilla no solo ir a votar sino el poder ver por la página web de ONPE los resultados de mi mesa y de cualquier mesa dentro del territorio nacional e internacional, el acta escaneada, la firma de los miembros con suma transparencia sin t...

El sagrado Gato Negro

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  Era de noche en la ciudad de Chimbote y Hugo el sacristán estaba enfrascado en una amena charla con dos de sus amigos del barrio. El matiz de la tertulia era el vino de la tienda de doña Ágata que aburrida por la lentitud de los bebedores callejeros y la escasa venta decidió cerrar ni bien llegó la medianoche.  Cuando por fin se acabaron las dos cajas de vino—en tetra pack chileno—, se dieron con la ingrata sorpresa que la tienda había cerrado. Ya sea por la cháchara o por la espiritualidad de la bebida, se dijeron "esto no se puede quedar así" y aguzaron el ingenio para encontrar una alternativa dentro de esta economía social de mercado en la que vivimos.  —¡Ya sé muchachos! —inspirado el sacristán—, hacemos la chanchita para un litro más, como yo tengo la llave de la parroquia vaciamos en una de las cajitas vacías el vino de misa y mañana temprano compro una caja y la repongo en la botella. Todos celebraron la idea. Hasta yo, cuando Hugo tuvo a bien contarme la an...

El ahorrativo

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  Eran los noventa, y la empresa donde trabajaba iba a renovar uno de sus vehículos: una camioneta Nissan pick-up. Ya había cumplido su tiempo de depreciación, así que se organizó una subasta sin siquiera poner precio base. Todos los empleados podían ofrecer un monto en un sobre cerrado hasta una fecha límite. Luego, se abrirían los sobres y el mayor postor se llevaría el vehículo. Pero, ¿sería rentable hacer una oferta? Todos tenían dudas, y el que más la manejaba, la llevaba a sus mantenimientos y sabía de mecánica automotriz era Manuel. Manuel tenía fama de ahorrativo, al igual que yo. Siempre nos bromeábamos con que él era el presidente del club de duros y yo el vicepresidente. En cuanto alguien daba alguna muestra de ahorratividad, de inmediato le decía que le iba a alcanzar la ficha de inscripción al club, previo pago por derecho de admisión, el cual nunca era amortizado porque el susodicho en cuestión resultaba ser más duro que los miembros de nuestra honorable sociedad. Man...

La Paz sea con Farrah

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  Para mí era igualita a Farrah Faucett. La vi pasar por la calle junto con sus amigas y me intrigó saber a dónde iba. Las seguí y descubrí que se iban a la misa de ocho. Me senté cerca de ella y esperaba el momento más importante del ritual: darse la paz. Los menos entendidos en esto dirán que es la consagración, la comunión y hasta el sermón. No. Para mí era el momento de la paz y todo el ritual me la pasaba imaginando tiempos mejores, largas conversaciones, una vida en común, en fin, compartir el amor con esta novísima Farrah Faucett de Ate. Cuando llegaba el ansiado momento la abrazaba con suma delicadeza y le daba un beso junto con el mejor gesto santificadamente ahuevado propio de aquel momento de paz y el diálogo semanal indispensable para vivir en aquel guión de la vida: —La paz. —La paz —me respondía con su inolvidable sonrisa. Debido a mi religiosa asistencia se me ofreció cantar en el coro, leer los fragmentos bíblicos y hasta recolectar las limosnas. No acepté hasta que...