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Los magos de la Pamplona

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  A finales de los años 80, en una urbanización aledaña a la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, donde estudiaba ingeniería química, apareció un nuevo paradero inicial de buses. La gente lo bautizó con cariño: “el Pamplona”. Me cayó de perillas. Con un solo pasaje llegaba hasta el puente Atocongo, a pocas cuadras de mi casa. Como si fuera poco, en ese bus también me enamoré de una pasajera —estudiante, como yo—, así que el trayecto empezó a rendir intereses emocionales. Al ser paradero inicial, el bus salía vacío. Podíamos elegir asiento con total libertad, y con cierta picardía seleccionábamos uno que nos evitara la obligación moral de cederlo en el camino. Con el tiempo, empecé a reconocer rostros. La rutina tiene ese efecto: convierte desconocidos en figurantes recurrentes. Pero había dos que destacaban. Subían casi siempre después de que mi amiga se bajaba. A ellos los bauticé, sin mucha poesía, como “los magos”. Nunca vi manos tan finas para el delito. Abrían carteras, m...

Los aretes

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  “Los aretes que le faltan a la luna los tengo guardados para hacerte un collar, los hallé una mañana en la bruma cuando caminaba junto al inmenso mar”. José Dolores Quiñones. El frío de Santiago hacía inevitable disfrutar la calidez de un buen cigarrillo pese a las advertencias de su médico, cada vez soportaba menos pasos sin agitarse, y los accesos de tos cuando venían se hacían inacabables, pero esa sensación de tener papas en la espalda contrario a los consejos se aliviaba con un cigarrillo. –En verano, ¿vamos a Viña? –ella quería vivir antologías con él, cuando se ponía fría y racional, buscaba información, esas molestias tenían mala pinta, y su actitud no era la de un luchador sino de abandonarse satisfecho de haber vivido a su suerte disfrutando lo que queda al máximo. –Tú pensando en el verano y yo que me caigo a pedazos. –Pero ¿por qué no la luchas? ¿por qué te abandonas? ¿es que no quieres vivir más tiempo conmigo? –No es eso, no es que no te quiera, pero ¿no has visto c...

El piña

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Cuando el piña me dijo que quería acompañarme al estadio al siguiente partido no sabía cómo decirle que no. Tampoco me lo quería perder, pero no me la quería jugar, no estábamos para riesgos, el campeonato estaba cerca. El piña era un piña comprobado, ¿por qué lo digo? Acostumbrado a ir al estadio siguiendo al equipo para todos lados, un día el piña –cuando todavía no era el piña–, me pidió acompañarme. No me hice de rogar, el piña se sabía todos los cánticos de la barra y siempre ha tenido temas interesantes de conversación. Ese día era contra un equipo de media tabla. Estábamos de local, el triunfo era casi un simple trámite. El equipo de nuestros amores salió con todo, el rival, sabiéndose inferior se tiró atrás hizo un cerrojo y no sé si consecuencia del planteamiento pero nuestros delanteros, ese preciso día, no estaban lúcidos. No embocaron una. Un contragolpe nos mató. Perdimos. Así es el fútbol. El siguiente partido ganamos y el siguiente y el siguiente. Hasta que el piña me di...

Ni un paso atrás, la vida continúa

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Una mañana rutinaria de primavera en una planta industrial en el Callao. Ocupado con los análisis en el laboratorio de control de calidad, yendo a planta a muestrear, analizar y comunicar. En esa frenética tarea diaria, me acompaña una radio con la misma estación de ayer, con el mismo locutor de ayer, los mismos chistes y las mismas canciones a las mismas horas. Los aromas también son los mismos, del comedor cercano llegan olores a fritangas y cafés junto con sonidos de murmullos de los comensales provenientes del turno de amanecida y uno que otro que empieza el día tratando de animarse comiendo. Pero hubo un ligero olor que reconocí al instante como amoniaco. De inmediato me acerqué a la refrigeradora donde se guarda el hidróxido de amonio y todo estaba sin novedad: el frasco reposaba ámbar y tranquilo conteniendo el compuesto. Pero el olor amoniacal llegaba cada vez más intenso. Abrí la puerta del laboratorio para ventilar y la intensidad aumentó. Recordé que la fábrica vecina utiliz...

No era tóxica, ¡sabía toxicología!

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  Ante la pandemia por el virus SARS-COV-2 poco a poco mediante el resultado del trabajo científico se va aprendiendo más, pero en ese ínterin empiezan a pulular por redes gran cantidad de teorías conspirativas e inspiradoras soluciones mágicas sin ninguna evidencia ni la rigurosidad del método científico. En ese contexto apareció el dióxido de cloro como panacea, los que lo defendían apelaban a una extraña lógica que confundía la limpieza de superficies con los compuestos químicos que se utilizan como medicina. Desde la aparición del WhatsApp se han formado grupos de amigos de las más diversas épocas de la vida: del colegio, la academia, el instituto, la universidad, los trabajos, etc. En el grupo de la universidad el debate estaba candente, por mi parte que con los años me he vuelto escéptico en casi todo aspecto, me inclinaba por los que no aceptaba (ni lo acepto) al dióxido de cloro como medicina. Los dejé discutiendo y me fui donde Wilfredo más conocido como Willy...

¿Qué sienten los que duermen en cuidados intensivos?

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    El verano llegó a Ventanilla donde todo es sol y alegría. Después de 2 años de pandemia por la infección que provocó el SARS-COV-2 por fin gracias a la vacunación masiva, la fiesta en la playa volvería al distrito. Pero ocurrió lo impensado: la empresa Repsol nos contaminó el mar con miles de barriles de petróleo. Ahora el ventanillense tendrá que buscar otras opciones de playas más lejanas, quizás por ello el especialista local en radiadores ardía no solo por el sol inclemente sino por el trabajo sin pausa, el radiador de mi auto necesitaba su auxilio urgente para que el motor pase fresco el verano En un organizado canchón en la auxiliar de la avenida Néstor Gambeta, entre la polvareda del viento marítimo casi fresco, podemos encontrar diversos negocios automotrices: un lavadero de autos, especialistas en frenos, suspensiones, planchadores, pintores y por supuesto a Willy el “radiadólogo”. Habría que esperar, cuatro vehículos antes que el mío. Provecho Willy. Pero en es...

Las huellas de un maestro

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  Aún recuerdo con nitidez las lecciones que me dejó. Incluso puedo precisar los años en que me enseñó: 1978 y 1979, cuando cursaba 5° y 6° de primaria en el colegio Claretiano de Trujillo. ¿El curso? Ciencias Histórico-Sociales. Pero curiosamente, su nombre se me había borrado de la memoria. Pregunté a varios compañeros de clase; todos evocaban sus enseñanzas, pero ninguno su nombre. Hasta que la prodigiosa memoria de mi amigo Kike Tantaleán lo rescató con nombre y apellidos completos: Mario Rojas Velezmoro. Gracias a él descubrí el placer de escribir. Nos dejó una tarea singular: cada uno de los 42 alumnos debía investigar entre familiares o conocidos alguna historia, mito o leyenda. Luego escribirla —a mano, si era necesario, pero con la mejor letra posible—, sacar 42 copias y hacer intercambios entre compañeros, como si fueran cromos de álbumes (por entonces reinaba el del Mundial Argentina 78). Así, al final del ciclo, cada uno tendría una antología con los 42 relatos del saló...