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Las huellas de un maestro

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  Aún recuerdo con nitidez las lecciones que me dejó. Incluso puedo precisar los años en que me enseñó: 1978 y 1979, cuando cursaba 5° y 6° de primaria en el colegio Claretiano de Trujillo. ¿El curso? Ciencias Histórico-Sociales. Pero curiosamente, su nombre se me había borrado de la memoria. Pregunté a varios compañeros de clase; todos evocaban sus enseñanzas, pero ninguno su nombre. Hasta que la prodigiosa memoria de mi amigo Kike Tantaleán lo rescató con nombre y apellidos completos: Mario Rojas Velezmoro. Gracias a él descubrí el placer de escribir. Nos dejó una tarea singular: cada uno de los 42 alumnos debía investigar entre familiares o conocidos alguna historia, mito o leyenda. Luego escribirla —a mano, si era necesario, pero con la mejor letra posible—, sacar 42 copias y hacer intercambios entre compañeros, como si fueran cromos de álbumes (por entonces reinaba el del Mundial Argentina 78). Así, al final del ciclo, cada uno tendría una antología con los 42 relatos del saló...

¿Qué hacemos con los panetones?

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  Advertencia: esto es ficción cualquier parecido con la realidad es solo casualidad. Llegó temprano a la oficina como de costumbre, pero ya la tarde anterior se había enterado: como nunca habían ordenado retirar los panetones. ¿Qué dirá el jefe? ¿Se habrá enterado? Recordó la conversación con Daniel –su jefe– hace tres meses. –¡Gómez! ¡No puede ser! ¡Tanto ha subido el costo de los panetones! –Daniel sorprendido y contrariado. –Sí, se ha incrementado 35% –Para colmo tenemos nuevo gerente y quiere hacer mérito, ¡no puedo darle esas cifras! –Subió el dólar, la inestabilidad política, la pandemia, la inflación…–Gómez lo tenía claro. –¿Me crees cojudo? ¡Claro que sé todo eso! Pero ¡no podemos subir tanto nuestros precios! ¡El año pasado la competencia nos ganó en precio y vendió más! –Pero esos son los costos que nos envían los de planta ¿me busco otro proveedor? –Sí, averigua otro proveedor y amenaza con irnos, no sé cómo haces Gómez, pero baja el precio por lo menos ...

Dulce experiencia diabética

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  En la búsqueda de bajar de peso encontré un canal de You Tube llamado Metabolismo TV, que si bien muchas de las informaciones que presenta no tienen sustento científico (me gusta que los videos muestren los enlaces de sus fuentes y que estas sean de revistas científicas), sí, me pareció rescatable el consejo de hacerse un estudio particular de cómo trabaja el metabolismo de cada uno. Para ello proponía comprar un glucómetro, tomarse la glucosa en ayunas, anotarla, ver si está en rangos normales que son de 80 a 100 mg/dl, comer, anotar lo comido y 2 horas después volverse a medir y si los valores son parecidos es que ese alimento ha caído bien, y si la glucosa aumenta demasiado es que engorda. Compré un glucómetro y empecé mi “estudio”, los rangos de glucosa en ayunas por lo general eran normales y poco a poco fui identificando los alimentos que la elevaban, pese a que nunca he sido de tener excesos con el alcohol, el tabaco y otras drogas, mi debilidad son los dulces: sabiendo ...

La inspiración del emprendedor del barrio bravo

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  Recibí una llamada un sábado por la mañana, la referencia era que le habían dado mi número en mi antiguo empleo, cada cierto tiempo tengo la suerte de recibir estas referencias por los buenos recuerdos compartidos en trabajos anteriores. –Quisiera que veas mi planta industrial. –¿Qué produce allí? –Todavía no estoy produciendo, pero quisiera que se fije en los detalles para poder ponerla en operación. ¿Podría venir hoy? –Claro. –Bien, mi planta queda en el Callao, pero por un tema de seguridad, venga sin auto, por favor espéreme a las 3 de la tarde en la puerta de Plaza Vea de Sáenz Peña. Acepté ir, y mientras esperaba en la puerta del supermercado me imaginaba muchas cosas: ¿por qué el tema de la seguridad? ¿No será que en vez de leche de soya produzca otra cosa? En eso estaba cuando apareció un taxi. –¡Ey Jorge! ¡Soy yo! ¡Suba rápido! Llegamos al Jr. Loreto, se veía todo tranquilo, aunque al proyectarme pensé que probablemente tendría dificultades para salir de ...

El ocaso del preguntón

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  Eran comienzos de los años setenta y mi padre estudiaba los últimos años de ingeniería electrónica en la Universidad Nacional de Ingeniería. En la clase había un compañero que se caracterizaba por atosigar de preguntas a los profesores, al parecer era su forma de destacar, lo cual molestaba a los demás pues no parecía una honesta curiosidad o duda sobre los temas tratados sino solo el ánimo de querer lograr notoriedad. Hubo un día que mi papá llegó tarde a una clase de Tecnología mecánica y se sentó en la carpeta más cercana para pasar lo más desapercibido posible, pero para colmo justo llegó junto con el preguntón. “qué piña, estoy al lado del espesazo este”. El profesor mostraba el plano de una máquina en la cual aparecía un ángulo de 30 grados. En eso a mi papá se le ocurre susurrarle al preguntón: –¿Qué raro que nadie le pregunte sobre el plano? –¿Qué cosa? –preguntó el preguntón. –No tiene importancia. –Dime nomás que yo le pregunto. –Los grados, no ha especi...

El dragón de Lunahuaná

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  El trabajo en la planta industrial era parejo, constante, y también cansado. Por ello la empresa tenía a bien unas tres veces al año darle un relajo al personal con buena comida y un paseo. Era muy democrático, en las reuniones mensuales se proponían los lugares y a veces hasta los menús. Ese año ganó Lunahuaná, aquel hermoso pueblo al sur de Lima,   Se habilitaron dos buses para trasladarnos, en mi bus iban además de todos los que trabajábamos en planta el gerente de la empresa. Una vez en Lunahuaná nos hicieron los tours respectivos, almorzamos, hicimos algunos juegos y para cerrar visitamos las bodegas vitivinícolas. En estas bodegas nos permitieron degustar vino y pisco el cual fue del gusto unánime de las mayorías, los precios eran de productor, mucho menores a los que se encuentran en Lima. De manera que cada uno compró como promedio unas tres botellas entre vinos y piscos. Ya de regreso, el chofer puso música cumbia, la cual nos contagió alegría a tal punto que s...

¿De qué mueren los oréganos?

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  Era el engreído de la cocinera, una morena gorda, risueña, temperamental de hablar fuerte. Solía cuadrar a quien no le comiera toda su comida. Era comprensiva pues decía: “si no quieres comer avisa y te sirvo poco”, no quería desperdiciar la comida. Me era fácil estar invicto de sus reproches, cocinaba riquísimo. Pero, ese día dejé la sopa. Y me cuadró. –Ey, ey, no se me vaya –a todos nos gritaba de usted, el comedor se llenó de curiosos silencios– ¿Por qué no ha terminado la sopa? –Porque hay unas cositas que flotan que parecen… –¿Qué parecen qué? –Puso sus brazos en jarro y golpeteaba su pie derecho. –Parecen cucarachitas… –¿Cómo van a ser cucarachas hijo? ¿Usted sabe lo pulcra que soy? –No tenía por qué dudar, me constaba que era fanática de la limpieza–¡Mire bien! ¡Son oréganos! –miré con fijación y di mi asentimiento. Pero a partir de allí cada cucaracha que aparecía por la empresa se le llamaba orégano. Un día, los “oréganos” empezaron a aparecer muertos. Me p...