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Matrimonio Huanca

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  Aunque todos saben que tengo fama de agarrado —perdón, de economista emocional—, aquel día me dejé llevar por el afecto. El novio era buen tipo, así que decidí romper la chanchita y, en un acto de generosidad rayano en el despilfarro, me fui al Mercado Central y adquirí una caja de copas de cristal finísimo, procedente de la lejana y prestigiosa provincia china de Jiangsu… o al menos eso aseguraba el vendedor, con la solemnidad de quien está cerrando un tratado comercial. Pero no bastaba con que el contenido fuera valioso: tenía que parecerlo. Así que lo llevé a envolver profesionalmente. Papel brillante, cinta dorada, y una tarjeta manuscrita que decía “Con cariño” en letra tan fina que parecía haber sido escrita por Confucio con plumón dorado. La boda sería en la “incontrastable” ciudad de Huancayo. Y claro, poner mi obsequio en la bodega de un bus —aunque sea VIP y venga con asiento reclinable y mate de coca— me parecía una herejía logística. Así que fui en mi auto, con la caj...

La oración de los pingüinos

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  Eran mediados de los 90s y me disponía a ir de paseo con Úrsula rumbo a Huamanga, Ayacucho. Fuimos a un terminal de la Av. Grau y al subir al bus, me impresionó ver 8 pingüinos sentados cómodamente en el bus. De inmediato recordé la primera vez que vi un pingüino, tendría 7 u 8 años íbamos en auto con mi tío Pelo manejando a recoger del trabajo a mi abuelo, cuando mi tío dice: –¡Mira sobrino! ¡Un pingüino! –de inmediato vuelvo la vista hacia donde miraba mi tío y no había ningún pingüino. –Tío, ¡no veo ningún pingüino! Y mi tío estalló en risas. –Sobrino ¿no la ves? –¿Qué? ¿Todavía sabes que es hembra? –me esforzaba por querer verla. –¡Es la monjita sobrino!, a las monjitas les decimos pingüinos. Y todo cobró sentido. También me reí. A partir de allí me acostumbré a llamarles de cariño pingüinos a las monjitas. Volviendo a nuestro viaje a Huamanga, había 8 pingüinos –monjitas–, cómodamente sentadas en el bus. El viaje transcurría normal, durmiendo toda la noch...

El gambeteador de los trebejos

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  Tener un hermano 7 años mayor debe ser un poco torturante, pues a la luz de la experiencia siempre el ser humano aprovecha las ventajas en especial cuando se trata de juegos. Recuerdo que observé un partido de la Copa América 1979 entre Perú y Chile, donde el trámite del partido lo llevaba Perú con buen dominio, con la selección chilena a la defensiva, pero los goles los metía Chile con la exquisita ubicación y técnica de su goleador Carlos Caszely. Comprendí que en el fútbol no había una correlación entre esfuerzo y triunfo, o si la había no era por correr más o dominar más sino por una buena táctica. Decidí afianzar este conocimiento. En el patio de la casa pusimos dos sillas de madera en los extremos de manera que eran los arcos. Quedamos en jugar 20 minutos cronometrados con un reloj despertador –tecnología de finales de los 70s–. Apliqué la táctica chilena, cubrí tácticamente mi arco-silla y solo atinaba a tratar de quitar la pelota y despejarla donde sea. Mi hermano...

El secreto del gol tempranero

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  Mi papá fue un tremendo jugador de fulbito hasta su retiro alrededor de los 50 años. De lo mejor que he visto, mágico con el balón. Jugó en uno de los campeonatos más emblemáticos que hay en el Perú que es el mundialito del Porvenir cuya final se juega todos los años los primero de mayo en la avenida Parinacochas en el distrito de La Victoria, saliendo campeón el año 1962 con su equipo el Sacachispas-Bolognesi. Este campeonato tiene una particularidad, en caso de empatar en goles, se contabiliza, tiros de esquina y laterales. Justamente estando empatados en todo y mi papá con el balón, el entrenador le grita que consiga un tiro de esquina, así, logro hacerle rebotar el balón a un rival y generar el tiro de esquina y el ansiado campeonato. Le tomaron fotos y salió en la revista O cruzeiro de Brasil, un agente fue a visitar a su padre–mi abuelo– para llevárselo a jugar a aquel país, pero éste no aceptó la propuesta, pues prefería un hijo con estudios universitarios. Con los años,...

La secuencia musical

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  En el Trujillo de la primera mitad de los años 80, tener teléfono era casi un superpoder. Para quienes lo teníamos, además, había tarifa plana: el paraíso. Podíamos hablar durante horas con los amigos del colegio sin que nadie nos cortara las alas… salvo el sueño o la paciencia de la familia. Pero un día ocurrió algo distinto. Una chica llamó preguntando por mí. —No sabes quién soy —dijo—. Solo puedo decirte que soy hermana de uno de tus compañeros. El enigma me atrapó de inmediato. Empecé a lanzar nombres al azar, repasando mentalmente a cada compañero con hermana conocida. Iba descartando uno a uno. Ella, mientras tanto, se reía. No ayudaba en nada. Disfrutaba el misterio. En una de esas llamadas me presentó a su amiga. De ella sí podía dar un dato concreto: —Se llama Patricia. Y bastó. Sus llamadas se volvieron frecuentes. Agradables. Pero las conversaciones con Patricia… esas se estiraban hasta la noche, como si el tiempo se volviera más elástico cuando hablábamos. No había i...

¿Duele?

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  Eran mis épocas universitarias a finales de los 80s. Amanecí con un fuerte ardor de garganta y curiosamente mi papá también. Así que al conversar con él y ver que los síntomas eran similares, tuvo una “brillante” idea. –Vamos al médico, lo que te recete a ti, yo también lo tomo y me ahorro una consulta. –Tiene lógica. Fuimos por la tarde. –Uy caramba –dijo él médico–es una infección un poco fuerte, pero lo solucionamos con un par de inyecciones. –Ok –dije yo, pero interrumpió mi papá. –¿No se podría solucionar con pastillas? Es que él le rehúye a las inyecciones. –No papá, yo normal, más bien uno se recupera más rápido. –Pero, siempre le has corrido a las inyecciones –mi papá enrojeció. Una vez fuera me dijo: –Tengo un plan, tomamos un micro hasta el óvalo de Higuereta, allí vamos a la farmacia y aprovechamos para que allí te apliquen la primera inyección. De allí tomamos otro micro hasta la casa. –¿Y tu no te vas a poner? –Me dices si duele, no vayan a se...

El admirador misterioso

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  El camino trujillano para ir al colegio era rutinario. Las mismas personas en el paradero, los mismos pasajeros en el microbús, recuerdo que era una línea color verde al que llamábamos “el California”, pues su último paradero era en la urbanización California sonde quedaba mi colegio. Era un ecosistema muy sensible, bastaba adelantarse o atrasarse un par de minutos para que el paisaje cambie y te sientas un intruso dentro del microbús. Recorría la imagen de las gentes e imaginaba qué harían cada uno, por supuesto, con las limitaciones propias de mi poca edad. Pero había una escolar, que seguramente tendría 13 años como yo, que me impresionaba y activaba en mí, el imaginar historias con ella. Entonces decidí escribirle: le dije en una carta que me alegraba verla todos los días y que imaginaba que íbamos al cine, caminábamos por Huanchaco, y recorríamos Trujillo siempre juntos. Le narré que me había percatado que estudiaba en el colegio Hermanos Blancos y que los jueves se veía her...