La secuencia musical

 


En el Trujillo de la primera mitad de los años 80, tener teléfono era casi un superpoder. Para quienes lo teníamos, además, había tarifa plana: el paraíso. Podíamos hablar durante horas con los amigos del colegio sin que nadie nos cortara las alas… salvo el sueño o la paciencia de la familia.

Pero un día ocurrió algo distinto.

Una chica llamó preguntando por mí.

—No sabes quién soy —dijo—. Solo puedo decirte que soy hermana de uno de tus compañeros.

El enigma me atrapó de inmediato.

Empecé a lanzar nombres al azar, repasando mentalmente a cada compañero con hermana conocida. Iba descartando uno a uno. Ella, mientras tanto, se reía. No ayudaba en nada. Disfrutaba el misterio.

En una de esas llamadas me presentó a su amiga. De ella sí podía dar un dato concreto:

—Se llama Patricia.

Y bastó.

Sus llamadas se volvieron frecuentes. Agradables. Pero las conversaciones con Patricia… esas se estiraban hasta la noche, como si el tiempo se volviera más elástico cuando hablábamos.

No había identificador de llamadas. No había forma de rastrear nada. Todo dependía de la memoria, la intuición… o la casualidad.

Y entonces apareció un patrón.

Siempre que hablaba con la chica misteriosa, de fondo sonaba la misma secuencia musical:

“La canción incompleta”, luego “Lanza perfumes”, después “Mi niña veneno” y finalmente “Baila conmigo”.

Al principio no le di importancia. Pero la repetición insistente convierte cualquier detalle en sospecha.

Esa música no estaba ahí por azar.

Además, noté algo más: cuando hablaba con Patricia por la noche, el fondo era distinto. Eso descartaba que ambas estuvieran en la misma casa.

La música era una huella.

Pasaron los meses.

Un día, conversando con un compañero que se sentaba cerca de mi carpeta, salió el tema del ajedrez.

—¿Juegas? —me preguntó.

—Claro.

Quedamos para esa misma tarde. Yo me movía por todo Trujillo en bicicleta, así que llegar a su casa fue casi un paseo.

Nos sentamos en la sala. Preparó el tablero y, como quien no quiere la cosa, preguntó:

—¿Te molesta si pongo música?

—Para nada.

Pulsó “play”.

“La canción incompleta”.

Sentí una alerta, como si algo encajara de golpe.

Sería demasiada coincidencia —pensé— que lo siguiente sea “Lanza perfumes”.

Y lo fue.

La secuencia siguió completa, como una firma.

Perdí la partida, pero había ganado otra cosa.

—¿Está tu hermana? —le pregunté.

—¿La conoces?

—Creo que sí.

Cuando la llamó, no hubo presentación formal. La saludé como a alguien a quien ya había descifrado.

—¿Cómo me descubriste? —preguntó, sorprendida.

—Por la música.

No hubo defensa posible.

Entonces fui directo al punto:

—Ahora, por favor, dame el número y el nombre completo de Patricia.

Me los dio.

Fuimos felices… un tiempo breve.

Luego me mudé a Lima.

Las cartas intentaron sostener lo que la voz construyó, pero no eran lo mismo. Las llamadas a larga distancia eran un lujo imposible. Y como suele ocurrir, la distancia no rompe de golpe: desgasta.

Con el tiempo, todo se diluyó.

Las cartas se perdieron en una mudanza —o alguien decidió que no valían lo suficiente como para guardarlas—.

A veces me pregunto qué decíamos con tanta urgencia, qué ideas nos mantenían despiertos, qué promesas flotaban entre líneas.

Y sobre todo, me pregunto si aquella secuencia musical sigue sonando en alguna parte… como una pista que ya nadie intenta descifrar.


Comentarios

Entradas populares de este blog

La risa dulce de Rita

Basura romántica

Folklore entre mecánicas