El hombre del nunchaku invencible

 

Hice amistad en la academia Sigma con una guapa mujer cuyo nombre, por razones obvias de supervivencia retrospectiva, no mencionaré. Lo cierto es que ella fue la embajadora de la unión de dos barrios tradicionalmente distantes: nosotros, los de Salamanca; ellos, los de Santa Anita. Gracias a su encanto diplomático se armó una camaradería que incluyó encuentros futbolísticos, en los cuales los de Salamanca no ganamos ni un solo partido, pero perdimos con hidalguía.

Cuando llegó Año Nuevo, un buen grupo de salamanquinos asistimos a la fiesta que nuestra amiga organizó en Santa Anita. Todo fue alegría, brindis y confraternidad. Sin embargo, al salir en busca de refuerzos cerveceros, algunos de nosotros pudimos ver al enamorado de la época de mi querida amiga recibiendo el año nuevo en plena sesión fumorosa, acompañado de hierbas de cannabis y un manifiesto espíritu de paz y amor.

Ya de vuelta en la academia, retomando los estudios, tuve a bien —y para el enamorado, a mal— contarle a mi amiga lo que habíamos visto. Le pedí, eso sí, que fuera muy cauta en el manejo de la información: su amado era un poco irascible y yo quería conservar la sana libertad de transitar entre ambos barrios sin necesidad de escolta ni testamento.

Al día siguiente ella me tranquilizó: le había contado todo, él lo había tomado bien y hasta había prometido no volver a buscar consuelos herbales para su relajado solaz.

Y es aquí donde aparece Kike.

Kike, el hombre del nunchaku.

Voy a su casa en Salamanca y me comenta que ha escuchado rumores de lo bien que la pasamos en Año Nuevo en Santa Anita, y que incluso él ofrecía su casa para que la siguiente celebración fuera en Salamanca, ahora con chicos y chicas de ambos barrios.

—Excelente —le dije—, pero justo ahora tengo que ir a Santa Anita… y tengo un pequeño problema.

Mientras le contaba la situación, Kike no dejaba de practicar malabares con su nunchaku. Giraba, cruzaba, azotaba el aire con una concentración casi mística, interrumpiendo la conversación con imprecaciones del tipo “¡essss!” y “¡huuuut!”, como si el destino del vecindario dependiera de su muñeca derecha.

—Mira —me respondió—, lo mejor es que vayas conmigo y con mi nunchaku. Observa.

Y procedió a ejecutar una pirueta y media que rozaba lo cinematográfico.

—Excelente, vamos —respondí, súbitamente confiado.

Llegamos a Santa Anita y, ni bien atravesamos un gran parque —la hoy plaza de armas—, en una esquina me esperaba el amado de mi amiga, acompañado de un grupo de desconocidos. En mi mente se activó el cálculo rápido: por número, teníamos todas las de perder; íbamos a salir magullados, pero Kike, sin duda, pondría en práctica toda su sapiencia marcial.

Sentí el primer empujón del amado, un tipo alto y recio. Noté que los demás solo miraban. Pensé entonces que Kike estaba haciendo de las suyas, aplicando un fino trabajo de intimidación preventiva.

—Qué sabio —me dije—, no hay nada mejor que disuadir para evitar el conflicto.

Devolví el empujón, intenté hablar amistosamente y volteé para ver al hombre del nunchaku, esperando una sinfonía de huesos y justicia…

Con horror, me percaté de que no había ni rastros de él.

Fue entonces cuando la resignación me alcanzó. Se la expresé al amado de mi amiga, quien interpretaba mis afanes informativos no como preocupación por su salud, sino como una elaborada estrategia para reemplazar sus afectos por los míos en el corazón de mi agraciada amiga. Por más que intenté dialogar, llegó el primer golpe, que felizmente logré esquivar.

Todo se detuvo con un grito.

Apareció mi amiga manejando la camioneta de su padre, una Hillman.

—Coquito, sube rápido. Y contigo después hablamos —dijo, señalando amenazante a su amado.

Me llevó a mi casa. Fue infinitamente más efectiva que el nunchaku.

Kike reapareció días después en Salamanca y organizó la siguiente fiesta de Año Nuevo…

pero que yo recuerde, sin los de Santa Anita,

y sin nunchakus.


Comentarios

Anónimo ha dicho que…
me quedé intrigada, que paso con kike?, habrá segunda parte para que lo cuentes?

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