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Mostrando entradas de 2026

El mentalista

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  Hoy, en medio de la coyuntura peruana por la rotura de la tubería de gas natural —esa que ha dejado sin energía a industrias y transporte público— hice un alto en mis labores para ir a la tienda de la esquina. Encima del mostrador vi lo que parecía ser una máscara de soldar. Frente a ella, un señor tomaba tranquilamente su pirañita bien helada. Saludé a los presentes y pregunté: —Usted, ¿es soldador? —No —respondió, intrigado—. ¿Por qué? —Por la máscara de soldar. Señalé el objeto… y en ese preciso instante me di cuenta de que mi supuesta máscara era, en realidad, un celular apagado descansando sobre su sombrero de tela. Recordé entonces a Kahneman y sus famosos sesgos cognitivos. Les comenté que, como ando pensando en ese ducto del gas de Camisea que ahora tendrán que soldar a toda prisa, mi mente me había hecho una mala jugada al “pensar rápido”, como él llamaba al mecanismo práctico de nuestros prejuicios mentales. El desconocido —que tenía un marcado acento caribeño— me expli...

Mi abuela Fausta y el príncipe silencioso

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  Cuando tenía unos dieciséis años y todavía creía que la historia oficial empezaba en el colegio y terminaba en el examen final, mi tío abuelo José —hermano de mi abuela, oráculo doméstico y campeón mundial de sobremesa— me dijo con solemnidad sospechosa: —Sobrino, tú que eres curioso y veo que todo lo anotas… antes de que se enfríe, pregúntale a tu abuela, cómo fue la fiesta donde bailó toda la noche con el príncipe de Inglaterra. Yo conocía la imaginación genética de la familia y su vocación por fabricar leyendas con la misma facilidad con la que otros preparan café pasado. Aun así, asumí el riesgo de convertirme en material de burla y, armado con un jarrón de café —combustible obligatorio para interrogar a una piurana, específicamente cataquense—, lancé la pregunta. Mi abuela Fausta sonrió. No una sonrisa cualquiera: esa sonrisa de quien sabe algo que tú todavía no. Dio un sorbo, miró hacia un punto del techo donde seguramente guardaba los recuerdos y empezó: —En esa época viví...

Folklore entre mecánicas

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  Hoy mi viejo Nissan Sunny del 96 tuvo dos fallas. Cada vez que alguien critica sus fachas del siglo XX, respondo lo evidente: el auto es como su dueño, por fuera hasta las patas, pero todavía funciona. La primera parada fue donde el radiadorólogo —esta vez, radiadoróloga—, que me solucionó el problema mientras sonaban bandas ancashinas de Recuay, para mayor precisión geográfica. El cuerpo ya quería zapatear cuando el celular lanzó una alarma de sismo. No sé si fue por el inconsciente entusiasmo folklórico o porque el destino, siempre didáctico, me obligó a mirar el tablero y descubrir una falla eléctrica en el alternador. Lo cual era lógico: el radiador había decidido mojarlo todo, como si también quisiera bailar. La segunda visita fue al mejor electricista de Ventanilla, un taller con nombre teológicamente previsor: “Señor de los Auxilios”. Don Juancito trabajaba escuchando nada menos que a Sósimo Sacramento y sus parranditas. Tremendo personaje. Tremendas letras. Uno lo escucha...

El hombre del nunchaku invencible

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  Hice amistad en la academia Sigma con una guapa mujer cuyo nombre, por razones obvias de supervivencia retrospectiva, no mencionaré. Lo cierto es que ella fue la embajadora de la unión de dos barrios tradicionalmente distantes: nosotros, los de Salamanca; ellos, los de Santa Anita. Gracias a su encanto diplomático se armó una camaradería que incluyó encuentros futbolísticos, en los cuales los de Salamanca no ganamos ni un solo partido, pero perdimos con hidalguía. Cuando llegó Año Nuevo, un buen grupo de salamanquinos asistimos a la fiesta que nuestra amiga organizó en Santa Anita. Todo fue alegría, brindis y confraternidad. Sin embargo, al salir en busca de refuerzos cerveceros, algunos de nosotros pudimos ver al enamorado de la época de mi querida amiga recibiendo el año nuevo en plena sesión fumorosa, acompañado de hierbas de cannabis y un manifiesto espíritu de paz y amor. Ya de vuelta en la academia, retomando los estudios, tuve a bien —y para el enamorado, a mal— contarle a...