Ciencia, literatura, amor, pasión, sensación, metafísica, sueños, comentarios, espiritualidad sin parcializarse en ninguna religión, sexualidad, misterio, filosofía en fin la vida misma desde la óptica de un ser humano común y especial a la vez.
Estudio sobre la Homosexualidad
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Eduard Punset es un divulgador científico Catalán, tiene muchos libros y un programa de TV llamado Redes cuyo objetivo es hacer conocer en palabras simples y explicaciones objetivas las complejidades de los estudios científicos.
Revisando en you tube su interesante programa observé el dedicado al estudio de la homosexualidad llamado Gays y Lesbianas, donde refiere que al parecer ésta no es una opción sino que depende de la formación cerebral en el momento del desarrollo del feto. Los países que más han estudiado el tema son Inglaterra y Holanda, encontrando la influencia de la carga hormonal en el desarrollo del feto, no importando lo que ocurra después. Así, esto es independiente de los cromosomas presentándose hombres con cerebros de mujer o mujeres con cerebro de hombre, ocurriendo esto también en animales. Los invito a observar el vídeo que rompe muchos mitos.
A finales de los setenta, cuando los pantalones acampanados se llevaban con seriedad y los zapatos Makarios eran símbolo de autoestima bajita pero firme, me regalaron un Monopolio nuevecito que dejé guardado como quien guarda una corbata en la infancia: con respeto, pero sin intención de usarla. También me obsequiaron un juego de fútbol mecánico —una especie de pinball futbolero de plástico— que tenía más épica que el Mundial del 78. Cada jugador tenía dos botones detrás de su arco, y una pelota que salía disparada con la furia de un meteorito chiquito. Lo jugábamos todas las noches con mi buen amigo Carlos “Calincho” Babá Fukuy, en la tienda de sus padres, usando una mesa que, además de comedor, era cancha, escritorio y, en algún momento, altar de la risa. El juego, noble pero mortal, sucumbió a tantas finales disputadas sin piedad. Cuando se rompió, Calincho me miró con esa tristeza de quien ve caer una república: —¿No tendrás otro juego? Y me acordé del Monopolio. Ahí empezó u...
En la ciudad de Huacho, cuando tenía apenas tres años, descubrí una verdad que aún me acompaña: el afecto más puro no necesita palabras. Mi padre había sido enviado a trabajar fuera de Lima por un tiempo, y su ausencia marcaba mis días con un hueco que solo se llenaba en el momento del reencuentro. A veces era él quien regresaba; otras, éramos mi madre y yo quienes viajábamos para verlo. En ambos casos, mi reacción era la misma: una alegría desbordante, visceral, como un pequeño estallido en el pecho. Una fiesta del alma. Con los años, esa memoria emocional ha regresado a mí desde lugares inesperados: el salto de Pelusa, la perrita de mi enamorada de aquellos años universitarios; el ronroneo cómplice de Napoleón, mi gato de épocas intensas y existenciales; la mirada de Charly, mi pato de infancia, y la fidelidad silenciosa de su compañera Daysi. Hoy, en el presente compartido con Derridá —mi gata con nombre de filósofo y alma felina— sigo reconociendo ese mismo patrón. Lo curioso es qu...
Cada vez que escucho a Vallejo preguntar por su dulce Rita de junco y capulí, en su poema Idilio muerto, no puedo evitar sonreír: yo tuve la mía. Tenía ocho años cuando apareció en mi vida, bajando de una combi Volkswagen polvorienta, con un vestido de pollera multicolor que giraba con cada paso, trenzas amarradas con cintas que flameaban como banderas de fiesta y unos cachetes chaposos que parecían recién pintados. Su risa no pedía permiso: entraba de golpe, como un rayo de sol que se cuela por la ventana. Ese primer día me eligió como su chofer oficial en mi bicicleta… y como su cómplice para todo lo que el barrio de Santo Dominguito en Trujillo —y, a veces, lo que quedaba más allá— nos dejara explorar. Yo tenía mi bicicleta chacarera, roja, mediana, con un asiento trasero perfecto para un pasajero. No tardó en subirse. Apenas pedaleábamos, empezaba su juego favorito: mirar a la gente y “enchaparla” con algo que le recordara. —¡Mira, mira, mira! Tiene cara de… —y completaba con...
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