Soñando con dos piedades
Todo empezó con un sueño.
Aunque, siendo honesto, durante el día ya venía rumiando una injusticia evidente: el tío Terry, habiendo amasado una fortuna considerable, no dejó un centavo a su sobrino preferido. Es decir, a mí. El que lo visitaba, lo escuchaba y asentía con respeto incluso cuando no entendía nada. Todo esto, además, en pleno conocimiento de mi escasa vocación laboral y de la vasta colección de proyectos inconclusos que arrastro por simples —y muy materiales— limitaciones económicas.
Vuelvo al sueño.
Caminaba por los jardines del cementerio Campo Fe. Mucho césped, mucha paz y, en medio de tanta pulcritud mortuoria, una tumba: la del expresidente Luis Sánchez Cerro. Frente a ella, inmóvil y concentrado, estaba el tío Terry. Su espalda ancha, sus piernas delgadas: la inconfundible silueta de embudo. Vestía un traje impecable. Al acercarme noté que, bajo su papada de varios niveles geológicos, llevaba una corbata michi.
—Sobrino —dijo sin mirarme—, he escuchado tus pensamientos. No es verdad que no te dejé nada. Pero antes, mira esta tumba.
Señaló el mausoleo.
—Está inspirada en La Piedad de Miguel Ángel. Allí ves a Jesús muerto en el regazo de María. Aquí, en cambio, hay un soldado caído descansando en brazos de su patria.
Me quedé mirando los detalles mientras él continuaba, ya embalado.
—Muchos creen que La Piedad representa a la Virgen María, pero no. Miguel Ángel esculpió a María Magdalena; por eso parece más joven que Jesús.
—Tío —lo interrumpí con prudencia—, ¿podemos hablar de lo que me dejaste?
—En 1972 La Piedad fue atacada y parcialmente destruida. Pudo reconstruirse gracias a una réplica que existe en Puno. Esa réplica guarda el secreto de tu herencia: medio millón de dólares.
—¿No podrías ser más claro?
—La comunicación onírica es breve —dijo, ya desvaneciéndose—. Dale vuelta a lo que te dije sobre La Piedad… y las dos piedades de Puno.
Desperté con el misterio intacto. Encendí la televisión y, como si el universo estuviera colaborando, apareció una vidente corpulenta, de grandes y hermosos ojos azules. No solo leía cartas: afirmaba comunicarse con los muertos. La llamé.
Me pidió una foto del tío y que le contara el sueño. En su consulta me hizo llenar una ficha con mis datos y los del difunto, algo parecido a una declaración jurada, que había que firmar. Explicó que en la comunicación con los desencarnados las emociones se desbordaban y era necesario estar preparados para cualquier emergencia.
—¡Espíritus que habitan aquí, manifiéstense! —gritó Pochita. De pronto, la voz se le volvió grave.
—Sobrino… —dijo el tío—. Esto me causa dolores metafísicos. Tus cien mil dólares —monto que prudentemente ajusté al contarle el sueño— se encuentran entre las dos piedades.
Nada más.
El tío se explayó, eso sí, sobre Miguel Ángel, su estudio de la anatomía humana y cómo, en la parte posterior de La Piedad, había esculpido la forma de un corazón: la vena cava, la aorta, las arterias. A simple vista parecían pliegues del manto; a mirada atenta, pura cardiología renacentista.
Salí de ver a Pochita tan confundido como había entrado.
Un mes después viajé a Lampa, Puno. Visité las dos piedades: una de yeso en la municipalidad y otra de aluminio en la iglesia Santiago Apóstol. En el trayecto entre ambas encontré una notaría. Entré por pura curiosidad metafísica.
El notario revisó unos papeles.
—Vino una señora con una carta poder suya —dijo—. Manifestó que usted deseaba donar su herencia a la Asociación Caritativa de Médiums de Huarochirí.
Pochita de mier…

Comentarios
Abrazo.