Cucurrucucú

Era de madrugada. Al ir al baño y prender la luz, escuché un inusual canto de paloma. Claramente la tonalidad de ese cantar era de reproche, pongámoslo en humano: eran improperios –por decir lo menos–. Así que tenía nuevos vecinos. Se habían instalado en el tragaluz aprovechando su malla protectora. A partir de ese momento, al azar de mis visitas al baño, me enteré de sus rutinas. Pude sentir los diversos estados de ánimo expresados en sus cantos: alegres al amanecer y pausados al final del día. Hasta escuché el frenético aleteo y sus gorjeos de placer de cuando se amaban, cuya frecuencia, lo declaro con hidalguía, me causó cierta envidia. Pronto –era de esperar–, llegó la prole. Su piar hambriento desde las ocho hasta las diez de la mañana hora en que llegaba un satisfactorio silencio seguramente por estar ya alimentados. Al comienzo no hubo mucho problema con ellas, incluso muchas veces trataba de no prender la luz para no molestarlas, y a veces –sin explicación, solo por perve...