martes, 19 de agosto de 2008

Las madres Vicentinas y un gran tesoro


En mi trabajo de colaboración voluntaria con la Fundación El Arte de Vivir, con Jorge C. un entusiasta amigo y líder del grupo en Perú, nos fuimos por Chaclacayo a 28 Km al este de Lima buscando un local para el próximo curso de instructores que se va a realizar próximamente aquí en Perú. En nuestro grato peregrinaje llegamos a tener contacto con las madres de San Vicente de Paul en particular con la madre Paulina.
Paulina nos enseñaba las cómodas habitaciones la amplitud de la sala de exposiciones, la limpieza de los servicios higiénicos, y el mismo local irradiaba esa energía acumulada propia del fluir espiritual que trae la búsqueda constante de Dios, esta vez, desde la perspectiva católica. Pero Paulina nos matizaba como si fueran comas en un diálogo escrito diciéndonos "no se olviden que les enseñe antes de irse a mis tesoros".
Nosotros ya queríamos realmente saltarnos toda la visita para ver a esos tesoros que con tanto énfasis nos repetía Paulina.
Hasta que por fin, bajamos una escalera y observamos a distancia un local anexo pintado con alegres colores donde se albergan a 22 niños de 0 a 10 años que llegan con discapacidad física y la mayoría abandonados por sus padres. Las madres vicentinas los cobijan como hijos, los cuidan, los rehabilitan preparándolos para ser operados por una organización extranjera que en forma gratuita los rehabilita. Pudimos observar lo bien educados que están, las máquinas para que realicen sus ejercicios de rehabilitación, algunos postrados esperando ser operados, otros corriendo con muletas, un pequeñín llorando al vernos pensando que éramos fisioterapeutas quienes les hacen hacer ejercicios que muchas veces les resulta doloroso pero necesarios, en fin, niños con problemas en camino a superarlos, niños que han redescubierto que si es posible ser feliz. El albergue se autogestiona con el alquiler del local para retiros y de allí salen para mantener a estos 22 niños que llegan minusválidos y salen reconociendo que el amor transforma al mundo para mejor , que si se es posible ser feliz a pesar de las circunstancias que nos tocan vivir y que siempre existen personas que están dispuestas a dar servicio desinteresado. El albergue es temporal y una vez sanos tienen que dar paso a un nuevo niño que está esperando la transformación por amor. Las increíbles fotos nos muestran las rehabilitaciones a simple vista milagrosas, reconstrucciones físicas espectaculares pero la más importante, estos niños al irse se van con la seguridad que la felicidad es posible y que el camino y el fin es el amor. Felicidades madres Vicentinas desde aquí un emocionado abrazo.