jueves, 22 de febrero de 2007

Las tres olas

Playa Atahualpa, cercana a la ciudad de Chimbote, norte del Perú, Hugo, un amigo mío, eximio nadador observa el mar bravo y una peculiaridad: las olas se repiten en forma ordenada, lo más notorio es que cada ciclo culmina con tres inmensas olas que arrecian sobre la orilla, olas que son la delicia de todo surfista que llega allí.
Como buen nadador se atreve a disfrutar el mar que hay detrás de la barrera de las olas. Para ello hay que sumergirse y pasar por debajo de aquella pared de agua y viento. Una vez tras pasada esta barrera solo está la visión pacífica del mar bamboleante y como es de tarde, el reflejo diluido del sol que lo ve feliz como emerge y sumerge al ritmo de la respiración del mundo. Pero Hugo sabe que esa felicidad dura sólo 15 minutos, conoce su cuerpo que lo acompaña por 16 años y sabe de los misteriosos calambres que le reprochan en las piernas todos los partidos de fútbol que lleva a cuestas. Su mente se pierde en el mar expandiendo la felicidad de sentirse universal. Pero su mente automáticamente vuelve y le recuerda que ya se va a cumplir el tiempo y que deben regresar. Hace un giro y para sorpresa no ve la orilla. Solo sabe que debe tranquilizarse y mantenerse a espaldas del sol y nadar. El calambre empieza a tirarle el primer músculo y todavía no ve nada seco que se le acerque. Cambia de estilo a algo más instintivo llamado "perrito". El calambre no entiende de emergencias ni de mares. Entonces recuerda, todo lo que la vida le ha dado, todo lo que se ha llevado y sin rezar pide perdón al todopoderoso que a cambio le da resignación. Es cuando sintió que emergía de las aguas y del mundo. Es cuando vio su cuerpo luchando contra el mar y contra si. Es cuando descubrió que había un mundo por encima de él que lo admiraba y se admiró solo con el mar, abandonado a su suerte. Se quedo mirándose extasiado, resignado. Cuando su mente despertó y le susurró a la vida que no era el momento de partir. Debía regresar a hacer el último esfuerzo. ¿Cómo? se preguntó. Y la mente señaló el camino que formaba el sol al despedirse. Y ese camino traía las tres olas que con su sabia y cíclica energía lo regresaron a la orilla. Pareció un sueño pues el cuerpo cansado se rindió en la arena. Lo despertó una mirada. Era un niño que lo miraba preocupado y le daba de cachetadas reanimantes a la vez que le preguntaba si estaba bien. Hugo se despertó a medias, el cuerpo quería descansar más, pero ante la insistencia del niño le tuvo que decir que sí, estaba bien.
- Pero ¿por qué no se levanta?
- Porque estoy cansado
- Pero ¿está bien?
- Si mira - Y Hugo dió un salto felino poniéndose de pie. El niño satisfecho se fue al fin corriendo. Hugo miró al mar, vió la primera de las tres olas que llegaba, caminó unos pasos hacia la arena y se entregó a ella agradecido y extasiado por haber conocido nuevas dimensiones y una nueva oportunidad.
Jorge Atarama Sandoval (dedicado a Hugo Ruiz)

jueves, 15 de febrero de 2007

La Viuda Negra

Cuando niño realizábamos en familia constantes viajes de Lima a Trujillo y viceversa, para efectos de mayor rapidez tomábamos en el parque universitario unos autos que ahora por sus grandes dimensiones llamamos en Perú "lanchas" mi madre me hacía viajar adelante pues siendo muy conversador acompañaba al chofer todas las 8 horas que dura el trayecto evitando así que éste caiga en un fatídico sueño.
Ya casi para llegar a Trujillo había una zona descampada y desértica donde siempre los choferes me decían que era la zona de la Viuda Negra.
Cuentan que cuando ella ve un chofer que viajaba solo se presentaba pidiendo un aventón. Al verla inofensiva y a la vez atractiva con su traje negro, falda alta y sugestivas pantys negras (esto me lo imagino, puesto que para los choferes bastaba con decir que estaba buenaza y que tenía unas piernasas) sentían tal peculiar sensación de confianza que era irresistible el no parar. Una vez ya en el auto empezaba la conversación donde ella narraba su desdichada vida, pues sufría la reciente pérdida de su amado esposo. Todo esto lo contaba acompañando el relato con un periódico cruce de piernas provocando más de una distracción en el comando del volante. A partir de allí la historia tiene varios finales.
La viuda negra pide que se le lleve al cementerio de Miraflores en Trujillo, una vez allí se baja no sin antes sacar una pequeña joya o una prenda de vestir como una chompa, chalina, etc y se la dá al chofer pidiéndole que se la lleve a una dirección, un pretexto puede ser pagar los servicios prestados, otro pretexto el reencuentro producto de una nueva amistad (que puede llegar a más), lo cierto que bajo los más diversos pretextos el curioso chofer va a la dirección mencionada por la Viuda Negra y se da con la sorpresa de encontrar a un familiar de ella que le explica que hace ya algún tiempo (1 año, 20 años, etc.) esta falleció y le muestra fotos que concuerdan con la imagen vista. Otro final de la historia -el más trágico- es la desaparición misteriosa del chofer que curiosamente, como está solo, no se tiene noticias nunca más de él. El primer final de la visita a la casa de la occisa se repite en la región de La Libertad en Perú cada cierto tiempo existiendo el paraje de la Viuda Negra ya mencionado en la entrada sur de Trujillo, y también al norte de Trujillo en una pequeña y acogedora ciudad llamada Ascope. Desde niño leía el periodico trujillano "Satélite" (hoy modernizado en su internacional formato digital www.prensaescrita.com/diarios.php?codigo=PER&pagina=http://www.laindustria.com/satelite ) que cada cierto tiempo entrevistaba a un chofer solitario que había sido seducido y posteriormente sorprendido por el misterio de la guapa mujer que al parecer se llena de energía producto del susto de hombres que la ayudan a reforzar su casi perdida personalidad evitando que muera del todo.
Jorge Atarama Sandoval