viernes, 2 de enero de 2015

Una hermosa piedra



Después de mucho tiempo me reencontré en Lima con un querido amigo ecuatoriano, en otras oportunidades siempre andaba muy bien acompañado por su esposa quien lamentablemente hace unos meses partió al otro plano.
Nos fuimos a almorzar comida vegetariana y como sobremesa me contó la siguiente historia:
“Desde que partió mi señora he ido poco a poco cicatrizando las heridas pues la nostalgia de su recuerdo estaba en cada milímetro de la casa y de las calles que frecuentábamos en Quito. Con el correr del tiempo fui superando la gran pena amortiguado por su sentida y metafísica presencia. Ahora estoy bien, me siento bien, pero al llegar a Perú fui por las calles de Barranco y me partió nuevamente el dolor. Sentí que mi corazón era apretado con fuerza por la nostalgia. Respiré, traté de calmar mi mente, pero ésta iba a mil por hora, escribí con el What app a una amiga boliviana y le comenté lo insoportable de mi dolor y que me quería ir de regreso a Quito de inmediato. Ella me dijo que lo enfrentara y que si estaba en Barranco, vaya hacia la playa, respire, grite, termine por fin de cicatrizar las heridas enfrentando la situación. Recordé que un año atrás había estado con ella frente al mar, recordé que ella siempre gustaba cada vez que íbamos a una ciudad ir al río o al mar y buscar piedras redondas para su colección que tiene en casa. Decidí ir por la misma ruta de la última vez, por el camino que va debajo del Puente de Los Suspiros. Llegué al mar y me senté en el mismo sitio. Miraba al mar, bajaba la mirada apesadumbrado por los recuerdos cuando escucho la voz de una niña:
-          Señor, señor, tenga le regalo esta piedra.- Era una hermosa piedra redonda como las de la colección, la niña tenía una pañoleta como las usaba mi esposa y en su polo tenía estampada la palabra Hapiness, justamente el nombre del curso que llevamos juntos en aquel viaje a Lima.
Decidí no llevarme la piedra pues no quiero que sea un apego, quiero que la energía siga fluyendo, se la recibí a la niña, le agradecí mucho y una vez que se fue, la coloqué en el lugar donde mi esposa extrajo la última. Ahora me siento bien nuevamente”
Me mostró en su Tablet las fotos que había tomado a la niña con la piedra. Quedé fascinado y agradecido con mi amigo por contarme la historia, que da que pensar en que el universo es algo más allá de lo que pueden registrar los sentidos.  En ese momento no me había percatado que los demás comensales habían hecho un atento silencio. Me percaté recién cuando el bullicio volvió.
(imagen extraída de www.viajesy turismo.com

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