sábado, 14 de julio de 2012

Los extraordinarios remedios de mi tía Irene


Cuando tenía 16, años mis amígdalas andaban de infección en infección. Recuerdo, hasta me perdí el viaje de promoción al Cuzco por estar en cama alimentado por via sanguínea ante la imposibilidad de tragar. Un médico me las quería operar y otro -familiar y de toda confianza- en segunda opinión me alertó que los que operan amígdalas son parte de un gran negociado. Andaba fastidiado por ello, cuando una de mis queridas tías -hermana de mi madre- me hizo un comentario que resultó trascendental para mi salud: "¿Así que te molestan las amígdalas? ¿Sabes como se curan? ¡Hazte "toques" con un hisopo remojado en jugo de limón a temperatura ambiente". No perdía nada con intentarlo, aqui en Perú los limones son abundantes y económicos. Pero tanto me fastidiaba la infección que me ponía de mal humor hasta el punto de odiar a los microbios que siendo pequeños me traían tantos problemas. Revisé las amígadalas al espejo, ya me había vuelto especialista en mostrarlas pegando adecuadamente la lengua sin ayuda de ningún adminículo. Al verlas estaban rojas, inflamadas y rodeadas de cosas blancas o mejor dicho materia blanca de los que fueron los glóbulos blancos derrotados por los terribles microbios. Me dio una cólera tal que tomé el hisopo, lo remojé con el jugo y no le di toques sino una descomunal trapeada, me aguantaba las naúseas, cuando podía balbuseaba lisuras, me armaba de valor, respiraba hondo y ¡a la carga!!! ¡Mueran malditos!!! Las dejé libres de cosas blancas, le volví a frotar limón para asegurar, era realmente una bronca interior, verifiqué que la zona aunque todavía roja e inflamada estaba limpia. Me bañé y me fui a dormir. Al amanecer no sentía molestia alguna. Corrí hacia el espejo del baño y al mirarlas, las amígdalas y la campana mostraban un color rosado normal, como que si la singular batalla no hubiera sucedido y menos aún las infecciones precedentes. A partir de allí a la primera molestia les hacia su limpieza con limón y siempre fue un santo remedio, lo habré hecho unas  4 ó 5 veces más y ya llevo creo más de 20 años sin molestia alguna.
Mi padre me llamó por teléfono y a sus 70 años está sufriendo de la caída del cabello. Mi tía al verlo le dice "mira para la caída del cabello, agrégale a tu shampoo 2 ó 3 pastillitas anticonceptivas, lávate con eso pero déjalo un tiempito que actúe mientras te vas lavando otras zonas"
- ¿Tú crees que funcione?- me pregunta mi papá.
- Bueno si lo dice mi tía es muy probable - le contesté recordando su excelente consejo de los limones- y tiene mucha lógica puesto que los anticonceptivos son hormonas femeninas y las mujeres no son calvas como los hombres.
- Sí pero ¿no me volveré maricón? - preocupado y dubitativo mi papá.
- jajaja, no creo puesto que no lo vas a ingerir solo es superficial, aunque por seguridad trata de que no le caiga a la parte genital.
- He visto que a tí también se te está cayendo el pelo y las pastillas las venden en cajas no por unidad ¿quieres?
- Claro.
Así que ya me hice mi Shampoo reforzado con las pastillitas, esperemos que los resultados sean tan buenos como lo de las amígdalas, por lo pronto el cabello se muestra con más brillo y salud. Empezamos bien. Por otro lado sobre las dudas de mi padre, mi gusto y deseo por las féminas está intacto como siempre.