jueves, 20 de marzo de 2008

Su partida


Es cierto que ya habíamos terminado. También es cierto que empecé un nuevo romance muy pronto. Y ya cuando pensé que la había olvidado me llegó la noticia que se iba al extranjero ¿en qué me podía afectar si ya no la veía? Tenía una nueva rutina de amor. Unos labios me besaban a diario, un cuerpo me estrechaba. Unos nuevos oídos y unos labios acompasaban mis tertulias. ¿Qué me podría afectar? Pero la fecha de la partida primero se acercaba a gotas y después a chorros. Un día antes los amigos en común hicieron una despedida y llegué. La vi. Y un vaho de nostalgia invadió mi corazón. Allí estaba pero yo la extrañaba. Me hablaba pero estaba desconcertado por el divagar extraño de mi mente con la complicidad del cuerpo, entonces me vi abrazarla y tocarle la cabeza pegándola a mi pecho, busqué sus labios para unirlos a los míos nuevamente lo cual ella rehuyó con dignidad. Al día siguiente un auto negro como mi conciencia y mi nostalgia se la llevó al aeropuerto. Prendí un cigarrillo y observé como se perdía. Caminé por la ciudad por horas en compañía de un amigo y una retahíla de cigarrillos. Llegué a casa trasnochado y triste. Desayuné con mi viejo que notó el reflejo de lo que sentía en mi semblante.
- Te pondré música para que te alegres ¿qué a pasado?
- Nada papá.
Y la música sonó y ¿qué extraño no? Era la canción que tantas veces escuchábamos juntos, como si hubiera un alguien que programara la vida camuflado en casualidades y me la trajo de nuevo y la diluyó en el tiempo y temí no verla nunca más. Me solté a tantas resistencias producto de insensibilidades sociales que te hacen reprimirte. En ese momento descubrí lo bueno y digno que era llorar y reconocer lo que el corazón sentía y reventé en llanto y me perdí en mi nostalgia y los remordimientos de conciencia.

sábado, 1 de marzo de 2008

Papá te quiero Mucho




Al llegar a casa después de realizar múltiples actividades fuera, ya de noche, abro con cuidado la puerta a fin de no hacer bulla y despertar a mis amores. Siento unos pasos presurosos que vienen hacia mí. Es Pablo mi hijo que descalzo viene en pijama corriendo y se avienta sobre mi con un abrazo fuerte, colgándose de mi humanidad. El éxtasis de la emoción llega cuando me dice:


- Papá, te quiero mucho...


- Yo también- le contesto acariciándole la cabecita.


Regresa a su cuarto y espera que me de un duchazo para preguntarme:


- ¿Vienes a ver televisión conmigo?


- Si hijo, ahorita voy


Y nos juntamos a reírnos viendo Los Monsters o los Locos Adams, por que tiene la delicadeza de ver junto conmigo los programas de cuando era pequeño.


Llega un momento en que algo cómico ocurre, me río y no hay respuesta por parte de él. Ya se durmió. Entonces le beso la frente y le digo a su subconciente "Te quiero mucho hijo, que Dios te bendiga, ilumine y proteja".


Voy hacia mi habitación, donde yace cansada mi otro gran amor y me pongo a agradecerle a Dios por tan hermosos detalles que ocurren al margen de estrecheces u opulencias económicas. Pero sé perfectamente por experiencia desde el otro lado del personaje que la magia de la imagen "papá bueno" se pierde probablemente con la adolescencia. Pero mientras, disfrutemos estos 9 años de mi hijo y la magia de ser todavía un héroe. Estaré lo más atento posible para que su adolescencia rompa el encanto tan sutilmente que se invierta la figura pero no de héroe a villano sino de héroe a admirador, aunque desde el primer momento que me enteré que tendría un hijo fui su admirador, admirar el misterio de la vida y de Dios, sus múltiples procesos a través de él.